lunes, 26 de marzo de 2012

Vivaldi: Las Cuatro Estaciones - Verano



Ya ordenado sacerdote en 1703, el cura rojo Antonio Vivaldi, de 25 años, inició ese mismo año sus fructíferas relaciones con el Conservatorio della Pietá, en Venecia, institución a la que permanecerá ligado, con mayor o menor intensidad, durante casi 36 años. Nombrado al principio como "maestro de violino", un par de años después asume el cargo de "maestro de concerto", lo que le confiere prácticamente la dirección del Conservatorio.

Por esos años, Venecia contaba con cuatro conservatorios para mujeres. El de mayor importancia era el Ospedale della Pietá. Un estudioso contemporáneo, Charles de Brosses, escribe en sus Lettres d'Italie:
"Los mejores lugares para escuchar música en esta ciudad son los ospedali. Hay cuatro en la actualidad, todos ellos para muchachas huérfanas o hijas ilegítimas o para aquellas que no puedan ser mantenidas por sus padres. Son traídas aquí a expensas del Estado y educadas exclusivamente en música..."

Así, pues, con un total de casi mil niñas hospedadas, Vivaldi podía escoger a su antojo para disponer, a comienzos del siglo XVIII, de una orquesta de 70 o 100 miembros, que según De Brosses, aparte de cantar como ángeles "tocan el violín, la flauta, el cello o el órgano... con gracia y precisión inigualables".

Las Cuatro Estaciones - El Verano
En su serie de conciertos publicados en 1724 con el título de Il cimento dell armonia e dell'invenzione, el maestro Vivaldi recurrirá por primera vez en el conjunto de su obra, a la imitación de la naturaleza, leit motiv de la cultura iluminista. Muestra innegable de ello son los primeros cuatro conciertos que conforman Il cimento..., universalmente conocidos como Las Cuatro Estaciones.
La invitación es a apreciar el concierto N° 2, El Verano, en versión de la Accademy of Saint Martin in the Fields, con la dirección y participación como solista de la bellísima violinista alemana (y también pianista) Julia Fischer. El concierto tiene tres movimientos: allegro non molto - adagio - presto.



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domingo, 18 de marzo de 2012

Chopin: Polonesa Opus 26 N° 1

 

A 130 kilómetros al norte de Praga, la ciudad conocida como Karlsbad ya era célebre en el siglo XIX por sus fuentes de aguas termales y minerales. Hoy forma parte de la República Checa; su nombre original es Karlovy Vary y se encuentra convertida en una spa city que todos los veranos recibe la visita de numerosas celebridades.
Fue ahí, en Karlsbad, donde Chopin, durante tres semanas de agosto y septiembre de 1835 estuvo con sus padres por última vez. Frédéric viajó desde París y sus padres desde Varsovia, para volver a encontrarse luego de una separación de cinco años.

Un  biógrafo reciente de Frédéric nos cuenta que llegaron casi simultáneamente a mediados de agosto, alojándose en el hotel La Rosa de Oro, donde los reciben algunas viejas amistades, polacos exiliados residentes en la zona, con quienes comparten hasta el 6 de septiembre cuando viajan a Teplitz por unos días para luego visitar a los condes Thun-Hohenstein en su castillo, desde donde finalmente Nicolás Chopin y Justina partirán a Varsovia el 14 de ese mes. Frédéric se quedará una semana más con los Thun-Hohenstein, antes de regresar a París, donde está instalado desde 1831.

El biógrafo asegura que en esas tres semanas Frédéric compuso una mazurka, el vals opus 34 N° 1 y la polonesa N° 1 del opus 26. (Escuchamos esta última en versión de la pianista ucraniana Valentina Lisitsa).



Nuestro biógrafo también señala que, durante esas tres semanas, además de componer, Frédéric amenizó las veladas tocando el piano para sus padres y amigos. Y en este punto, una gran amiga de este blog se ha planteado la inquietante pregunta: ¿en qué piano compuso y tocó Chopin durante esa estadía?

Natural resulta suponer que las composiciones habrán sido creadas en casa de los amigos polacos, tal vez en Teplitz, en el castillo de los Hohenstein, quién sabe. Puede ser, dice mi amiga, no muy convencida. Quiero creer, continúa, que si hoy gran parte de los hoteles admiten un piano en el lobby será porque una vieja tradición así lo manda. El hotel La Rosa de Oro fue un pionero, asegura: el piano vertical, algo desafinado, se encontraba en un pequeño y rústico comedor contiguo a la sala de recepción. En ese piano improvisaba Frédéric en las mañanas, y en las tardes tocaba para quienes estuvieran ahí presentes. Afortunada circunstancia, remató mi amiga, la de esos huéspedes que coincidieron con Chopin en esos días y que, durante la cena, pudieron escuchar trozos de música vírgenes surgidos de las manos de un joven pálido y delgado, que después de tocar, les sonreía como si no hubiese hecho nada del otro mundo.

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martes, 13 de marzo de 2012

JS Bach: Concierto Italiano




En 1735, año de la publicación de su Concierto Italiano, Juan Sebastián Bach tiene cincuenta años y lleva catorce viviendo en completa dicha junto a su segunda esposa, Anna Magdalena, que a la época cuenta con 34 años. La numerosa familia (ese año nace Johann Christian Bach, el onceavo hijo de Bach, y quien será un compositor de primer orden) está instalada desde 1723 en Leipzig, donde Juan Sebastián se desempeña como  kantor (cargo de inferior categoría que la de maestro di capella) de la iglesia de Santo Tomás.
Las tareas que debe cumplir allí son: enseñar música, latín y el catecismo de Lutero a los alumnos de la Tomasschulle, además de componer música y dirigirla en las iglesias de Santo Tomás y San Nicolás. La familia vive con holgura pues –al igual que el resto de los profesores– tiene hospedaje gratuito en la Tomasschulle y, como será lo habitual en su vida profesional, Bach está muy bien remunerado.

El Concierto Italiano constituye la primera parte de su segundo cuaderno de ejercicios para teclado, Klavierübung II. El cuaderno lleva por título: "Segunda parte de la práctica del clave, que consta de un concierto según el gusto italiano y de una obertura según el modo francés, para un clavicembalo de dos teclados manuales, preparado para recreación del espíritu de los aficionados, por JS Bach... ". La "manera italiana" del concierto hace referencia, según los estudiosos, a la alternancia del piano y el forte en los dos teclados.

El concierto consta de tres movimientos breves. Estamos escuchando el primero, en versión de la pianista Umi Garret, que al momento de esta performance tenía siete años. Hoy, a los once, carga con un apreciable número de presentaciones en su pequeño cuerpo. El video termina invitando a escuchar el segundo movimiento, donde a Umi le bastan dos o tres compases para dar muestras de gran musicalidad. Gracias a Umi y a una larga serie de pianistas menores de ocho años, los padres que antaño, orgullosísimos, nos atosigaban con el cuento de que su hijito de seis años "sacó solito el Cumpleaños Feliz en el teclado que le regalamos para Navidad", han sido erradicados para siempre de la faz de la tierra.

El pianista Jacques Loussier, músico francés que supo combinar el jazz con la música del barroco, nos regala la siguiente versión jazzística del concierto italiano de JS Bach, en una presentación del año 1988. Loussier tiene hoy 78 años y en sus últimas grabaciones con su grupo de jazz Play Bach Trio ha resuelto incorporar música de Debussy, Satie, Ravel, Chopin y hasta Mozart.


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viernes, 9 de marzo de 2012

Beethoven: Piano Concierto N° 1 / Tercer movimiento


Un treintañero Beethoven, alrededor de 1803

Hubo quien afirmó no hace mucho que el estreno en sociedad del concierto para piano y orquesta N° 1 de Beethoven había tenido lugar en Viena en abril de 1800. Si bien antes de esa fecha Ludwig había dado a conocer el concierto en su ciudad adoptiva ante pequeñas audiencias conformadas por sus amistades nobles y uno que otro hijo de vecino, la verdad estricta es que su estreno ocurrió en Praga en 1798. En la función de abril de 1800, en Viena, la obra en verdadera première es la Primera Sinfonía, a ella acompañó, junto con otras piezas, el concierto N° 1, que también hacía su estreno, pero en Viena.

Por esos años los vieneses ya habían advertido que el maestro Beethoven era bastante más que un pianista profesional de primer orden. Sin embargo, no resulta fácil afirmar que sus contemporáneos vieran en Beethoven al genio conocido por nosotros. A los vieneses de 1800 la música de Beethoven puede haberles parecido incluso hasta un poco snob: su música era demasiado singular. Los espectadores acuden a mis conciertos para llorar igual que los lectores de un folletín, aseguraba. Y las críticas poco alentadoras no faltaban. En 1796, en el transcurso de una gira por varios países, un crítico musical de Praga escribió: "sobrecogió a nuestros oídos pero no a nuestros corazones".

En Berlín, durante la misma gira, no obstante el monarca Federico Guillermo II de Prusia lo agasajó con una caja llena de luises relucientes, tampoco encuentra aquí el auditorio ideal. "Toqué lo mejor que pude –declaró años más tarde con amargura– y esperaba un gran éxito. ¡Pero no sonó ni un aplauso! El público se había emocionado hasta llorar, empapando sus pañuelos para mostrarme su agradecimiento. Como soy tosco en mis entusiasmos, aquello me dejó completamente indiferente. Comprendí que se trataba de un auditorio sensiblero, pero nada aficionado al arte".

Y con ocasión del concierto de abril de 1800, la revista Algemeine Musikalische Zeitung aseguró que el concierto había sido "el más interesante escuchado en mucho tiempo" pero a la vez observó que "los músicos de la orquesta no se molestaron en prestar mucha atención al solista". El solista era, desde luego, Beethoven.

Rondó - Allegro scherzando
El tercer movimiento del concierto está escrito en forma rondó (palabra francesa), forma musical basada en la repetición de un tema principal que alterna con otros secundarios. Su indicación de tempo es allegro scherzando, algo así como rápido pero juguetón. El piano solista introduce el primer tema, luego le seguirá la orquesta.
El pianista finaliza su participación, sin aspavientos, en el minuto 8:49, cuando al término de un dulce trozo debe tocar un re y luego un do, pianissimo. Precisamente este último do le falló una vez a Martha Argerich, la tecla no sonó y no le quedó más que mirar al director con cara de "y bien, qué le vamos a hacer". Después de ese do, suene o no suene, la orquesta interviene con una frase breve y plácida, para atacar luego con bravura el cierre de la obra.
Al piano: Murray Perahia. En la dirección: Sir Georg Solti.



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lunes, 5 de marzo de 2012

Beethoven: Piano Concierto N° 1 / Largo




Largo es la indicación de tempo que Beethoven señaló para el segundo movimiento del Concierto para piano y orquesta N° 1. Largo significa literalmente "amplio" e indica que la pieza debe ser tocada muy lenta y pausadamente.
Las indicaciones de tempo en música, cuyo objeto es señalar la velocidad a la que debe tocarse la pieza, comenzaron a usarse de manera extensa a partir del siglo XVII, época durante la cual un número significativo de grandes compositores provenía de regiones que en el siglo XIX van a constituir la nación italiana, por ello las palabras usadas con tal propósito se escriben en el idioma de esa nación, italiano.

Como es obvio, las mismas razones aplican para el origen de las indicaciones dinámicas: forte, piano; o para las llamadas "agógicas": accelerando, diminuendo (alteraciones de, precisamente, el tempo) y, en general, para todo tipo de observaciones en la partitura.

Pero como una simple palabra puede tener cientos de significados y resonancias para los distintos individuos, ya antes de 1800 se había hecho necesaria la invención de un aparato mecánico con cuya ayuda pudiera establecerse sin ambigüedades la velocidad a la que debe ejecutarse una pieza. Luego de varios intentos con diversos grados de éxito o fracaso, el metrónomo vio su concreción definitiva --hasta hoy-- en el aparato patentado por J. Nepomuk Mälzel en 1815. Y el primer compositor que incorporó indicaciones metronómicas a sus partituras fue el mismísimo Ludwig van Beethoven. Con todo lo romántico que pudo ser, el maestro no fue capaz de resistirse a esta nueva conquista del ingenio humano. El Hombre había llegado al metrónomo, y Ludwig no fue indiferente a ello.

Sin embargo, el aparato no reemplazó ni de lejos a las indicaciones de tempo escritas por el compositor de su puño y letra. (Tampoco era ese su objetivo). El metrónomo se limita a indicar un número de negras o corcheas por minuto, matemáticamente. Las palabras, en cambio, suman a la velocidad señalada una atmósfera, un cierto espíritu o incluso un estado de ánimo con el que debe abordarse la obra. Esa conjunción de pedestre velocidad y atmósfera es lo que yo creo constituye el tempo de la obra. El segundo movimiento de este concierto es largo. Oyendo con atención, entendemos que sí, que, efectivamente, es laaargo.

La versión que escuchamos –lamentablemente en dos partes– es del maestro Maurizio Pollini.



...Tercer Movimiento...

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sábado, 3 de marzo de 2012

Beethoven: Concierto para piano y orquesta N° 1 - Allegro con brio

 

Obsérvese cómo el director se asegura de que el pianista está en su puesto

El concierto para piano y orquesta N° 1 de Beethoven es una de aquellas obras para solista y orquesta que permite que el solista, en este caso el pianista, llegue atrasado a la función. Si se quedó dormido o si el tráfico estaba insoportable, no importa, porque la orquesta puede comenzar sola, sin su participación, que sólo será requerida en el minuto tres o, más tarde todavía, si director y pianista han acordado un tempo más lento que el habitual.

Cuando esto ha sucedido –de todo hay en la viña del Señor– el público, atónito, ha debido atender durante los tres primeros minutos a una orquesta huérfana cuyos músicos, inquietos, miran hacia todos lados con la esperanza de que aparezca el pianista al menos en el minuto 2:59. La última vez que esto ocurrió, se vio al artista avanzar agazapado con las piernas recogidas por el pasillo que deja la separación entre los primeros y los segundos violines. Cuando alcanzó la banqueta, se irguió, saludó al director con un guiño, y luego, dirigiéndose al público, hizo una pequeña reverencia, juntando las palmas de sus manos. Luego se sentó y atacó su parte, sin dilación.

Y si de anomalías se trata, el concierto N° 1 en do mayor no es el primero que compuso Ludwig. Le anteceden el concierto N° 2 y un bosquejo de otro en mi bemol, que nada tiene que ver con el concierto Emperador. Compuesto en 1797 –Beethoven lleva establecido en Viena ya cuatro años, encantado de la vida– la primera presentación oficial del concierto ante el público vienés ocurrió recién en abril de 1800, un viernes por la tarde, con un joven Ludwig treintañero como solista y director. El programa incluía la Primera Sinfonía y el Septimino, además de una sinfonía de Mozart y selecciones del oratorio La Creación de Haydn.

El concierto está estructurado en tres partes, al mejor estilo clásico:
– Allegro con brío
– Largo
– Allegro scherzando

Escuchamos el primer movimiento, allegro con brío que, como ya se señaló latamente, comienza con una larga introducción de la orquesta presentando dos temas, ágil y brioso el primero, que en el minuto 1:30 da paso a un segundo tema más lírico.
La cadenza del concierto, es decir, aquella sección destinada a que el solista muestre su virtuosismo o habilidades para la improvisación, pareciera ser, en este caso, la que escribió el propio Beethoven. Comienza en el minuto 3:50, pero del segundo video, pues la extensión de este primer movimiento ha obligado a presentarlo en dos partes. Ruego disculpar el abrupto corte que el videísta eligió para la primera de ellas. En la segunda parte, el video retoma la pieza algunos segundos antes, solapándose con el primer video.
La versión es del pianista estadounidense Murray Perahia acompañado de la London Symphony Orchestra dirigida por Sir Georg Solti.



.... continuará ...

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