lunes, 15 de enero de 2018

Joaquín Rodrigo: Concierto Andaluz


A principios del siglo XX circulaba en París un chisme que a los españoles no les hacía ninguna gracia. Se comentaba que los mejores compositores españoles eran franceses. El comidillo, sin embargo, tenía algún asidero. En realidad, por esos años era difícil encontrar algo más español que las danzas andaluzas de Carmen, de Bizet; o la rapsodia España, de Chabrier; o incluso el Bolero de Ravel. De modo que cuando Joaquín Rodrigo llegó a París en 1927 para estudiar composición con Paul Dukas, debió redoblar su compromiso con la música para acabar con tales habladurías.


Terminados los estudios, Rodrigo regresó a España, para dedicarse por entero a la composición. Pero la fama se demoró en llegar. En 1940 se estrenó en Barcelona la obra que le daría el reconocimiento universal, el Concierto de Aranjuez para guitarra y orquesta, obra que afirmó definitivamente su personalidad musical. Su aporte a la incorporación de la guitarra como instrumento de concierto es invaluable: la Fantasía para un Gentilhombre, de 1954, compuesta sobre temas del compositor barroco Gaspar Sanz, coronó lo que el Concierto de Aranjuez había iniciado.

Internacionalmente reconocido, en 1967 recibió una petición de un afamado cuarteto de guitarristas españoles, Los Romeros (Celedonio el padre, y tres hijos). El 1 de agosto del siguiente año, una poética evocación de Andalucía veía la luz.
El Concierto Andaluz para cuatro guitarras y orquesta fue estrenado en el Hollywood Bowl de Los Angeles con la participación del famoso cuarteto como solistas, acompañados por la Filarmónica de la ciudad. Los sones, el colorido y los ritmos hispanos volvían a los escenarios, con honores.

Concierto Andaluz
La pieza está construida en tres movimientos, mezclando música española de corte impresionista con pinceladas barrocas. Un conocido y animado movimiento inicial, tiempo de bolero, evoca bailes populares, con cuerdas y guitarras imitando la percusión de las castañuelas. Le sigue un adagio lírico de alto vuelo, comparable al movimiento similar del Concierto de Aranjuez. Cierra la obra un vibrante y vigoroso allegretto.

00:19  Tiempo de Bolero
09:09  Adagio-Allegro-Adagio
19:10  Allegretto-Allegro-Allegretto

La versión es de los instrumentistas Nick and David Kvaratskhelia, Peter Ernst y Christopher Brandt, acompañados de la Orquesta Filarmónica Merck, que debe su nombre a unos ancestrales empresarios farmacéuticos, la familia Merck, desde el siglo diecisiete. Dirige, Wolfgang Heinzel.


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miércoles, 10 de enero de 2018

Beethoven: Cuarteto para cuerdas No 14


A lo largo de su vida, Beethoven compuso un total de 16 cuartetos para cuerdas. Los seis primeros antes de los treinta años, agrupados bajo el Opus 18; los cinco que culminan la serie, acabados durante sus últimos cuatro años de vida, cuando la sordera había hecho presa total del maestro. Desde luego, no son los cuartetos el género que mantiene hoy a Beethoven en la alta consideración del público amplio pero, en opinión de los estudiosos, representan lo más valioso y profundo del pensamiento beethoveniano. Terminada la Novena en 1824, el maestro cerrará el grandioso ciclo de sus Sinfonías y Sonatas y se volcará hacía sí mismo. Su música se volverá más profunda y conceptual.


En particular, el penúltimo de la serie de dieciséis, el Cuarteto No 14, de 1826, asombró a sus contemporáneos, al menos a sus contemporáneos músicos. “¿Qué nos resta por escribir después de esto?”, anotó Schubert. Algunos años más tarde, Wagner no se quedará atrás y escribirá sobre el cuarteto un sesudo artículo, ponderando su grandeza. Y el mismo Beethoven, desde luego, lo tenía en gran estima, no obstante obedecer su creación a la solicitud de un príncipe ruso, junto a otros dos cuartetos que llevan hoy los No 12 y 13.

En noviembre de 1822, el príncipe Nikolas Galitzin solicitó a Beethoven la composición de "uno, dos, o tres cuartetos" para su propio solaz. Cierto es que por esas fechas el maestro llevaba ya catorce años sin publicar ni un solo cuarteto, y por ello algunos estudiosos celebran al príncipe como quien hubiera espoleado a Beethoven para retomar la forma. Pero sucede que meses antes de la solicitud de Galitzin, el maestro se había dirigido al editor Peters, de Leipzig, informándole que tenía un cuarteto a medio terminar.

De modo que el encargo del príncipe le llegó a Beethoven como anillo al dedo. El maestro se entregó a la tarea con verdadero afán, comprometiéndose, optimista, para "finales de febrero o, como muy tarde, mediados de marzo", según se lee en carta de enero de 1823 en respuesta al príncipe, donde además fija sus honorarios, cincuenta ducados por cada cuarteto. Lo cierto es que se demoró un poco más. Como fuere, de ahí hasta su muerte, Beethoven no escribirá pieza comparable en importancia a los cinco últimos cuartetos. Y del No 14, especialmente, se ha dicho que es la obra más ambiciosa de cuantas haya intentado.

Cuarteto de cuerdas No 14 Op 131 en Do♯ menor
La obra fue terminada en mayo de 1826, poco menos de un año antes de la muerte del autor. Fue publicada en 1827 pero no se interpretó en público sino hasta 1835 aunque es posible que el maestro la escuchara, privadamente, antes de su muerte.
De grandes dimensiones, la obra está estructurada inusualmente en siete secciones que, por si fuera poco, se tocan sin interrupción, Sin embargo, los estudiosos consideran que se trata de los habituales cuatro movimientos a los que se ha agregado dos breves interludios más una introducción fugada.

Movimientos:
00:00  Adagio ma non troppo e molto espressivo
06:40  Allegro molto vivace
09:39  Allegro moderato (primer interludio)
10:27  Andante ma non troppo e molto cantabile (el movimiento más extenso, en forma de tema y variaciones)
23:13  Presto
28:37  Adagio quasi un poco andante (segundo interludio)
30:00  Allegro

La versión es del afamado cuarteto Alban Berg, agrupación nacida en Viena en 1970, y disuelta en 2008 tras la muerte en 2005 de uno de sus más destacados miembros, el violista austriaco Thomas Kakuska.


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jueves, 4 de enero de 2018

Paganini: Sonata para guitarra y violín


No todo el mundo parece estar enterado pero Niccolo Paganini, el virtuoso del violín más brillante del siglo XIX, fue también un talentoso guitarrista. No por casualidad en el marco de su obra de cámara –algo olvidada, es cierto– las piezas compuestas para guitarra alcanzan una suma considerable. De los cinco opus publicados en vida, anotemos que solamente el
No 1, el que contiene los 24 Caprichos por cierto, no incluye a la guitarra.


Según artistas contemporáneos que lo conocieron, el maestro italiano consideraba que no valía la pena presentarse en los escenarios también como guitarrista. Con el violín tenía de sobra. Además, su fisonomía, su altura, delgadez, manos huesudas y piernas largas favorecían el aura sobrenatural que lo rodeó de manera mucho más eficaz si permanecía de pie con el violín que sentado con una guitarra entre las piernas.


Obra para guitarra
La obra para guitarra sola de Paganini incluye ni más ni menos que 37 sonatas y cinco sonatinas. Pero las hay también con violín acompañante. De estas últimas, las más conocidas e interpretadas hoy son la Grand Sonata en La mayor, opus 35, y la Sonata Concertata en la misma tonalidad, opus 61, compuesta ambas alrededor de 1805 aunque publicada la última recién en 1955.

"Sonata concertata" per chitarra e violino, op.61
Obsérvese que el título original establece que la sonata está escrita para guitarra y violín, en ese orden. Con todo, en el tercer movimiento, el más vivo, el violín adquiere cierto protagonismo.
La pieza dura menos de catorce minutos pero contempla los tres movimientos estándar de la época:
01:00  Allegro spiritoso
08:35  Adagio, assai espressivo
11:58  Rondó: Allegretto con brio - Scherzando

La versión es del guitarrista estadounidense Eliot Fisk acompañado de la violinista italiana Chiara Morandi.


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lunes, 1 de enero de 2018

"Miserere", de Allegri, y la copia de Mozart


La Capilla Musical Pontificia, es decir, la schola cantorum de la Capilla Sixtina en el Vaticano, cuenta desde hace quinientos años con un coro permanente. Para él se han compuesto algunas piezas originales. La más famosa de ellas es la que comienza con las palabras Miserere mei, Deus (Dios, ten piedad de mí), conocida popularmente como Miserere, compuesta alrededor de 1630 por el sacerdote y compositor italiano Gregorio Allegri para ser interpretada durante Semana Santa. Considerada por el Vaticano como propiedad exclusiva del coro papal, su copia y distribución eran castigados con la excomunión. Lo que nadie esperaba era que un atento auditor fuera capaz de aprenderse la pieza de memoria y transcribirla al papel.


En el marco del primer viaje a Italia, Leopold Mozart y su hijo Wolfgang Amadeus, tras visitar Milán y Verona, y ser allí agasajados y celebrados, llegaron a Roma de muy buen ánimo para la Semana Santa de 1770.
Gregorio Allegri (c. 1582 - 1652)
Atraídos por el misterio de la prohibición, asistieron el Miércoles Santo a la Capilla Sixtina y escucharon atentamente la interpretación del Miserere.
De regreso a su alojamiento, el pequeño Mozart, de catorce años, transcribió al papel pautado aquellos inaccesibles doce minutos de música polifónica cantada a capella por ¡dos coros a cuatro y cinco voces!
El Viernes Santo, cuando la pieza debía repetirse, padre e hijo regresaron a la capilla para comprobar la exactitud de la transcripción, que solo necesitó de algunas correcciones menores.

Es indudable que el relato tiene todas las características para semejar una de tantas leyendas sobre las habilidades musicales suprahumanas del joven Mozart. Pero, a menos que Leopold acostumbrara impresionar falsamente a su propia mujer e hija, las siguientes palabras enviadas por Leopold a Salzburgo no pueden sino dar por innegable la veracidad de la anécdota:
[...] ¡Tenemos el Miserere! Wolfgang lo ha transcrito y te lo enviaríamos a Salzburgo junto a esta carta si no fuera necesario que estuviéramos nosotros allí para interpretarlo. Porque la manera de cantarlo contribuye, en mayor medida aún que la propia composición, al efecto que produce en el auditorio [...].
Podría pensarse que la familia Mozart no era lo suficientemente piadosa y obediente pero, la verdad sea dicha, la prohibición papal nunca fue tan estricta. La obra de Allegri podía ser solicitada por altos personeros de la iglesia o del poder político y, aunque escasas, esas solicitudes eran bien acogidas y autorizadas. Y en el caso de Mozart, cuando el papa Clemente XIV se enteró del escamoteo de la pieza no solo no excomulgó al niño prodigio sino que lo llamó a la Santa Sede para saludar su arte nombrándolo Caballero de la Orden de la Espuela de Oro.

En versión de The Choir of Claire College, de Cambridge, la obra maestra de Gregorio Allegri, escamoteada por Mozart en 1770.


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viernes, 29 de diciembre de 2017

Ginastera: Malambo, de la suite "Estancia"


Alberto Ginastera tenía tan solo veinticuatro años cuando le fue solicitada la composición de un ballet que reflejara los diversos aspectos de la vida campestre en Argentina. El encargo provenía de una conocida troupe estadounidense, el American Ballet Caravan, que veía en Ginastera el compositor indicado para construir una obra capaz de combinar la música folklórica sudamericana con los elementos más rigurosos de la tradición europea clásica.
Por cierto, Ginastera se movía en ese escenario como pez en el agua –en 1940 era uno de los talentos más destacados de la música latinoamericana de concierto.


Estancia, ballet en un acto y cinco escenas, debía estrenarse en 1942. El compositor cumplió a tiempo con el encargo pero, lamentablemente, la compañía de ballet se disolvió poco después. De modo que la obra permaneció en el limbo por un buen tiempo, y su estreno no se produjo sino hasta 1952. Sin embargo, nueve años antes, en 1943, el Teatro Colón de Buenos Aires tuvo el privilegio de presentar por primera vez una suite para orquesta formada por cuatro danzas que Ginastera, prudentemente, había extraido de la partitura, antes de que el ballet estuviera completamente terminado.

Alberto Ginastera (1916 - 1983)
La suite de concierto adquirió vida propia al punto de que hoy es más popular que el ballet que le dio origen. En las cuatro danzas, Ginastera logró una combinación perfecta de los rasgos propios de las formas tradicionales argentinas y las armonías no tradicionales. Y no descuidó los títulos, claramente nativos, nombrando cada pieza de manera sencilla y nada glamorosa: 1. Los trabajadores agrícolas –2. Danza del trigo – 3. Los peones de hacienda – 4. Danza final.
La más saludada es la danza final: un malambo, viril, vistosa y llamativa danza de los gauchos argentinos en ritmo de seis octavos, convertida hoy en una de las obras más populares del autor.

Se presenta aquí el malambo en dos versiones, orquestal y para piano solo.

Gustavo Dudamel y la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar. La breve danza dura tres minutos con 22 segundos. El resto son enfervorizados aplausos y vítores del público londinense.



Versión para piano solo – Alberto Bohbouth.


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