domingo, 15 de septiembre de 2019

Beethoven: Novena Sinfonía - 4to mov.


Muy pocas deben ser las personas que en este mundo desconocen la tonadilla del "Himno a la Alegría" de Beethoven. De los millones que la conocen, muchos estarán enterados de que pertenece al cuarto movimiento y final de su Novena Sinfonía, también llamada Sinfonía Coral, pues incorpora voces solistas y coro en dicho movimiento.
Pero tan novedoso final no estuvo claro en un principio.
Recientes investigaciones sugieren que Beethoven tuvo algunos reparos para acometer tan grandiosa empresa. Mientras trabajaba en el finale de la sinfonía, consideró la alternativa de incorporar un final puramente instrumental, eliminando tan innovador cierre. Las dudas continuaron y en más de una ocasión habló de remover canto solista y coros.
Finalmente no lo hizo, con lo que queda señalada la inmensa ambición con que el maestro acometió la construcción de tan portentosa partitura.


La Oda
Desde muy joven, Beethoven se sintió cautivado por la grandiosa exaltación de la hermandad del hombre presente en los versos del poema de Schiller, An die Freude (A la Alegría). Ya en 1793 pensaba que tenía que incorporarla a su música, "verso por verso". Y la oda de Schiller se convirtió en una obsesión. Año a año, boceto tras boceto, la celebrada melodía de la Novena Sinfonía se fue elaborando, meticulosamente, hasta encontrar su forma definitiva recién en el año 1822, con textos seleccionados de la obra de Schiller y unas palabras introductorias de Beethoven.

La Sinfonía
La propia sinfonía, cuyo título completo es "Sinfonía, con coro final sobre la Oda a la Alegría, de Schiller", fue escrita durante un periodo de seis años, desde 1817 hasta 1823. Su composición respondía a un encargo de la Sociedad Filarmónica de Londres.
Dedicada nada menos que al rey Federico Guillermo III de Prusia, tuvo un grandioso estreno el 7 de mayo de 1824, en Viena. Era la primera aparición pública del maestro en doce años.

La sordera
Para la fecha, la sordera progresiva de Beethoven había alcanzado una etapa que le hacía imposible dirigir. Sin embargo, aquella velada hizo algo parecido, ubicándose cerca del director durante la interpretación para indicar los tempi correctos.
Llegó el cuarto movimiento, y los solistas y coro entonaron la oda. La música llegó a su fin. El aplauso fue estruendoso, pero Beethoven, de espaldas al público, siguió marcando el tempo hasta que una de las solistas, la contralto, le indicó que se volteara en dirección al público. Recién ahí el maestro se enteró de que la obra había terminado y que el público vienés la recibía aplaudiendo a rabiar.

Sinfonía No 9 - Cuarto movimiento y final.
Marcado Presto; Allegro assai, el cuarto movimiento tiene forma de tema y variaciones, con dos temas más una introducción.
El material musical de cada uno de los tres movimientos anteriores –aunque ninguno es una cita literal–, se presenta sucesivamente. Estos dan paso a pasajes instrumentales a cargo de las cuerdas bajas. Después de esto, el tema "Oda a la Alegría" es introducido por los violonchelos y los contrabajos. Después de tres variaciones instrumentales sobre este tema, la voz humana se presenta por primera vez a cargo del barítono, que canta palabras escritas por el propio Beethoven: "¡Oh Freunde, nicht diese Töne!" Sondern laßt uns angenehmere anstimmen, und freudenvollere. '' ("¡Oh amigos, no estos sonidos! ¡En lugar de eso, busquemos otros más agradables y más alegres!").

La oda es tocada, primero por la orquesta, y luego por el coro. Violonchelos, flautas y oboes crean el clima y las voces masculinas y femeninas se alternan declamando el Himno a la Alegría, acompañadas por la orquesta completa.

La sinfonía avanza y se eleva sobre sí misma, mientras los coros llegan a niveles atronadores. Una doble fuga da el contrapunto pausado que lleva al veloz y prolongado cántico final, un desenlace de sinfonía único en la historia de la música.

La versión, magnífica, es de la West-Eastern Divan Orchestra junto al National US Choir, dirigidos por el maestro Daniel Barenboim.



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miércoles, 4 de septiembre de 2019

Schumann: Concierto para cello y orquesta


Ya casado y establecido en Dresde por indicación médica desde 1844, Robert Schumann aceptó en 1850 el puesto de director en Düsseldorf. No fue buena idea. Su temperamento era completamente inadecuado para dirigir con éxito a decenas de músicos y encauzarlos como un solo cuerpo para producir música. Durante dos años debió soportar la tensión de los ensayos, agravando probablemente el desorden mental del que ya había dado muestras, incluso antes de su matrimonio con Clara.


Pero al comienzo todo iba bien. Recorrió la ciudad junto a Clara. Y tuvo tiempo para recordar sus años de infancia, cuando tocaba el cello. Volvió a componer, con entusiasmo y pericia. En un periodo de apenas dos semanas, entre el 10 y el 24 de octubre de 1850, compuso su Concierto para cello, el único que escribiría, y que junto al también único Concierto para piano, constituyen sus dos trabajos más importantes en la serie de siete que compuso en el género de la obra concertante.

Concierto para cello y orquesta en La menor, opus 129
En un principio, Schumann consideró titular su concierto muy modestamente: "Pieza de concierto para cello con acompañamiento orquestal". Y quizá tenía razón, pues la escritura orquestal es discreta y muy transparente, mucho más de lo que Schumann acostumbra en su obra orquestal. Incluso, algunos estudiosos han sostenido que la escritura para el cello es más bien "pobre". Otras opiniones, sin embargo, señalan que todo obedece, simplemente, a que la obra no contiene trozos de virtuosismo espectacular, o asombrosamente llamativo –como sí los hay en su Concierto para piano.

Aún así, el concierto se convirtió en un favorito de los cellistas, lo que también resulta, claro está, de la relativa escasez de grandes obras del s. XIX para el instrumento.
El concierto, nunca interpretado en vida del maestro, fue estrenado el 23 de abril de 1860, en la ciudad de Oldenburg, cuatro años después de su muerte.

Movimientos:
Según se cuenta, Schumann detestaba recibir aplausos entre movimiento y movimiento. Por ello, quizá, la pieza consta de tres movimientos que se suceden sin pausa:
- Nicht zu schnell (No muy rápido)
- Langsam (Lento)
- Etwas lebhafter, Sehr lebhaft (Algo vivaz - Muy vivo)

La versión es del fogoso cellista británico Steven Isserlis, acompañado de la agrupación orquestal francesa Chambre Philharmonique, dirigida por el maestro francés Emnanuel Krivine.
Duración: 23 minutos.


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sábado, 31 de agosto de 2019

Chopin: Vals Opus 34 No 2


Chopin tenía 19 años cuando viajó por primera vez a Viena, en agosto de 1829, para dar su primer recital como concertista en el extranjero. El éxito fue apoteósico, aunque algunos críticos resintieron el bajo volumen y débil sonoridad del intérprete, más apropiados para los salones que para una sala de conciertos. Un año después, luego de abandonar Varsovia definitivamente en viaje a París, pasó ocho meses en la capital del imperio austriaco, con resultados opuestos. Empresarios de la música y otros artistas lo recibieron con indiferencia. Durante esa larga estadía solo dio dos recitales. Es que con su toque delicado no era fácil conquistar al bullanguero público vienés, audiencia que, según relata: "...solo quiere escuchar los valses de Lanner y Strauss".


Chopin, desde luego, era completamente ajeno a los valses vieneses. Tiempo después, ya instalado en París, le comenta a un amigo: "No he adquirido nada de aquello que es particularmente vienés, por lo que aun sigo incapacitado para tocar valses". Quizá precisamente por ello, Chopin va a reinventar la forma en sus propios y particulares términos, con una producción exquisita de piezas breves con métrica de 3/4, profundamente personales.
Según los estudiosos, su producción de valses sigue, en lo fundamental, dos líneas: por una parte, los hay grandiosos, brillantes y ornamentales, casi elaborados para el salón de baile; y por otra, están las miniaturas, abstractas, encantadoras, en las antípodas del vals vienés de moda de la época.

Los tres valses del opus 34
Compuestos entre los años 1834 y 1838, fueron publicados por el editor con el título de Tres Valses Brillantes, aunque la denominación solo sea adecuada para el primero de ellos, el vals Opus 34 No 1, en La bemol, el único grandioso y brillante, ubicándose así en la primera categoría establecida por los estudiosos, y los dos restantes, en la segunda (y no podía ser de otro modo si al vals Op 34 No 3 se le conoce popularmente como "el vals del gatito").
El año 1838 es el año de la partida de Chopin a Mallorca, el malhadado viaje que hará junto a George Sand y sus hijos, en octubre de ese año. Antes de emprender la travesía, Chopin envió a publicación las cuatro mazurcas del opus 33 y los tres valses del opus 34. Para esa etapa de su vida, a los 28 años, Chopin ha escrito, aunque no publicado, ocho de sus catorce valses.

Vals Opus 34 No 2
Escrito en La menor, era el preferido de Chopin, y de otros cuantos (la película El Pianista lo incorporó a su banda sonora). Aunque lleva el No 2, fue el primero en escribirse.
Es un vals lento, algo triste, melancólico. Un "vals para las almas", como alguna vez señaló Robert Schumann de los valses de Chopin. Nunca mejor dicho, precisamente, de este vals.

Pleno de languidez y anhelo, en el minuto 0:56 el cambio a modo mayor da paso a una melodía de sorprendente belleza que se repetirá en el modo menor unos cuantos compases más tarde. Todo vuelve a reanudarse, para dar paso a una sección nueva, en 4:10. Al final, los compases de inicio regresarán, esta vez para servir de sofocada conclusión.

La versión es de la estupenda pianista ucraniana, Valentina Lisitsa.


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miércoles, 21 de agosto de 2019

Enrique Granados: Allegro de Concierto


En la España de comienzos del siglo XX, el compositor Tomás Breton, autor de la célebre zarzuela La Verbena de la Paloma, se desempeñaba como director del Conservatorio de Madrid. Por sugerencia suya, en 1904 se convocó a un concurso que tenía como objeto premiar un "Allegro de Concierto" que sirviera de pieza obligada en los concursos de piano que se celebraban regularmente en España.

Se presentaron al concurso varios compositores españoles, de variados curriculum, talentos y experiencia, entre ellos un joven Manuel de Falla, quizá el más brillante de todos. El primer premio, sin embargo, recayó en Enrique Granados, un compositor maduro que ya gozaba de reconocimiento internacional, gracias a sus populares Doce Danzas Españolas.


Nacido en Lérida, hijo de un capitán de ejército, Granados mostró tempranamente un gran talento musical. No sin dificultades, sus padres consiguieron darle educación musical formal. Fue el inicio de un camino sin baches solo interrumpido por las penurias que debió enfrentar a raíz de las dificultades económicas que, muerto el padre, llevaron al joven Granados a convertirse en el proveedor de una familia numerosa.

Enrique Granados (1867 - 1916)
Calificado por uno de sus profesores como el alumno más brillante que había tenido nunca, el joven Enrique, que a los diez años había dado sus primeros conciertos en público y que en 1883 había ganado el concurso de la Academia para pianistas noveles, debió abandonar sus estudios en 1886 para ofrecer sus servicios como pianista en los cafés de Barcelona. Con el apoyo de un empresario barcelonés, viajó a París en 1887. Allá recibió el reconocimiento de Massenet, Saint-Säens y Grieg. Regresó a Barcelona en 1889, consagrado como compositor y pianista.

Allegro de concierto, en Do mayor, Op 46
En general, a Granados no se le tiene en la misma estima que a otros compositores de música para piano de gran dificultad técnica, como sería el caso de Liszt, o incluso de su colega y compatriota, Isaac Albéniz. Por ello, tradicionalmente no ha habido muchos pianistas dispuestos a dedicar el tiempo necesario para agregar su música a su repertorio.
Por fortuna, este glorioso Allegro de Concierto está hoy empezando por fin a encontrar su lugar en el repertorio tradicional.

Enrique Granados se llevó el premio de 1904 con ocho minutos de bravura que siguen conservando un alto grado de virtuosismo, resultante de una feliz combinación de virtuosidad lisztiana con la pasión y el temperamento españoles.

La versión es de la excelente pianista francesa, Stephanie Elbaz.



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miércoles, 7 de agosto de 2019

Schumann: "Papillons", opus 2


Cuando en 1831 Schumann terminó de componer la serie de doce piezas breves para piano que tituló "Papillons", contaba apenas 21 años. Por la época, vivía en casa del maestro más renombrado de Leipzig, tomando lecciones con él desde hacía solo un año, el profesor Friedrich Wieck, quien le aseguró que bajo su tutela llegaría a ser un gran pianista en unos pocos años. No era una apuesta disparatada puesto que, descontado el talento de Schumann, en ese hogar había una niña, Clara, la hija de trece años del maestro Wieck que ya era pianista y daba conciertos con regularidad.


Literatura y música
Bajo la presión de su madre, Schumann se había mudado a Leipzig para continuar estudios de leyes, los que pronto abandonará por la música, no sin antes atravesar por un mar de dudas. En carta a su madre, en julio de 1830, escribe: "Toda mi vida ha sido una batalla entre la poesía y la prosa, o, llámele así, entre la Música y el Derecho". Ahora bien, Schumann no era ajeno a la poesía, ni menos a la música, desde luego. Durante su paso por el Liceo había escrito un ensayo titulado "Sobre la íntima relación entre la poesía y la música", y mientras estuvo en Leipzig dedicó gran parte de su tiempo a la escritura y la lectura.

Die Flegeljahre, la novela
Por esos años se entusiasmó con las novelas de Jean Paul Richter, un autor menor entre los grandes exponentes de la literatura alemana, quien, sin embargo, disfrutó en vida, y más tarde también, de gran popularidad en Europa central, a comienzos del s. XIX. Una de sus novelas le cautivó, Die Flegeljahre, que traducido al español viene a ser algo así como "La edad de la indiscreción" o "La edad atrevida", en relación con la adolescencia.

Schumann, joven (1811 - 1856)
Inspirado en los eventos de la trama, especialmente del último capítulo, Schumann extrajo un retrato musical que tradujo en las doce piezas brevísimas que conforman la afable obra "Papillons", su segunda obra en publicarse.
En carta dirigida a sus hermanos, el compositor los invita a leer "en cuanto puedan la última escena de Flegeljahre porque Papillons intenta ser una representación musical de aquella mascarada".

Papillons, opus 2
Su título –Mariposas– nunca ha sido bien explicado, si bien la música sugiere claramente las nociones de "ligereza" y "vuelo". En conformidad con la idea de música destinada a un salón de baile, conforman la obra doce danzas, la mayoría valses, que escasamente superan el minuto de extensión.

Los estudiosos han calificado la conclusión de la obra, su finale, como un "toque magistral" del maestro: abre con una antigua melodía popular alemana, y termina con seis notas acentuadas que representan las campanadas de un reloj, luego de lo cual el intérprete debe ejecutar un notable diminuendo mediante la remoción, una a una, de las notas de un arpegio sostenido.

Las piezas:
00:19  Introducción, en Re mayor. Moderato
00:32  Vals en Re mayor
01:13  Vals en Mi bemol mayor. Prestissimo
01:35  Vals en Fa sostenido menor
02:35  Vals en La mayor
03:21  Polonesa en Si bemol mayor
04:44  Vals en Re menor
05:42  Vals en Fa menor. Semplice
06:46  Vals en Do sostenido menor
07:51  Vals en Si bemol mayor. Prestissimo
08:30  Vals en Do mayor. Vivo
10:29  Polonesa en Re mayor
13:00  Finale en Re mayor

La versión es del gran maestro ruso Vladimir Ashkenazy.



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