miércoles, 12 de septiembre de 2018

Mozart: Concierto No 7, para tres pianos


Desde luego que un concierto para tres pianos es un agrupamiento orquestal poco común. Más aún si la obra está destinada a ser interpretada en casa, en un ambiente familiar. Pero bien avanzado el siglo dieciocho esto no era tan raro. Sabemos que en los hogares de la aristocracia y la naciente burguesía, contar con un piano en el salón era símbolo de estatus y algo más. Naturalmente, si el noble o alto burgués proveedor había logrado alcanzar una cómoda situación financiera, sumar otro piano elevaba su estatus otro tanto. Un tercer piano, lo elevaba a alturas magníficas. Es lo que imaginamos habrá ido aconteciendo, con el paso del tiempo, en casa de la condesa Lodron, en Salzburgo.


Como fue habitual en Mozart, buen número de sus conciertos para piano fueron escritos para intérpretes específicos. En la madurez de Viena, los escribió para sí mismo. En Salzburgo, los destinó a sus alumnos, o, en su defecto, para él y su hermana Nannerl; son conciertos que podían acompañarse por un grupo reducido de cuerdas, por ello eran perfectamente ejecutables durante una velada hogareña.

Concierto No 7 para tres pianos, en Fa mayor, K 242
El concierto para tres pianos fue compuesto en 1776 para la condesa Antonia Lodron, de Salzburgo, y sus dos hijas, las que suponemos alumnas de Mozart, las tres. La copia que el maestro entregó a la familia, contiene la siguiente dedicatoria, escrita de su puño y letra:
"A su Excelencia, su Señoría, la Condesa Lodron, y a sus hijas, sus Señorías las Condesas Aloysia y Giuseppa".

Las partes para cada uno de los tres pianos están cuidadosamente elaboradas de acuerdo a las habilidades y experiencia de cada intérprete. Dos de estas partes son de dificultad moderada. La tercera, en cambio, demanda habilidades muy modestas pues estaba destinada a la menor de las hermanas.
En opinión de algunos estudiosos, el Concierto No 7 no constituye un aporte significativo a la producción concertística del maestro. Pero también hay quienes opinan que quizá haya sido Mozart el único compositor capaz de escribir obras destinadas a brillar con intérpretes modestos. Y esto último no significa para nada que la obra sea poco imaginativa o simple.

De lo que no hay duda es que su interpretación no demanda la participación de grandes virtuosos. Por lo mismo sorprende gratamente que sean tres grandes maestros los que se hayan, precisamente, "concertado", en el video que aquí se presenta.

Movimientos
00:00  Allegro
09:04  Adagio
16:50  Rondeau. Tempo di Menuetto

La versión es de los maestros Georg Solti, Andras Schiff y Daniel Barenboim. Se nos ocurre que Solti quedó a cargo del piano destinado a la menor de las condesinas, puesto que también debe dirigir.


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lunes, 10 de septiembre de 2018

Beethoven: Sonata 12, "Marcha Fúnebre"


Durante treinta años, Beethoven y Franz Schubert vivieron en la misma ciudad, Viena. Se desconoce si alguna vez se encontraron. De haberlo hecho, habrían intercambiado opiniones enteramente opuestas sobre el acceso a la publicación de sus obras. Mientras el pequeño Franz va a tener dificultades con sus editores, recién iniciado el siglo el maestro proveniente de Bonn contaba en carta que "no firmo contrato con ellos [sus editores], pongo mis condiciones y ellos me pagan". Son buenos años para Beethoven, tiene treinta años, y es toda una celebridad en Viena. Y muy productivos. Además de finalizar la Primera Sinfonía, el año 1801, un annus mirabilis, escribe cuatro sonatas. A ratos siente molestias en los oídos pero nada de que preocuparse, todavía.


El grupo de cuatro sonatas incluye las renombradas Claro de Luna y Pastoral. Se inicia con la Sonata No 12, opus 26, menos conocida, la que según ciertos autores sería la última de su periodo clásico y según otros la primera de su periodo medio. De lo que no cabe duda es que el maestro está explorando nuevos territorios: la sonata tiene cuatro movimientos, se tocan sin interrupción, todos están escritos, poco habitual, en la misma tonalidad –La bemol–, y el tercer movimiento contiene una Marcha Fúnebre, al igual que la Sonata "Fúnebre" de Chopin. Y por si todo esto no sumara, ninguno de los cuatro movimientos está escrito en forma "allegro de sonata" (aquella que coge tema, lo desarrolla y luego lo recapitula) pese a que la pieza es una sonata.

Sonata No 12, opus 26, en La bemol mayor

Sus movimientos
I. Una novedad más. El habitual allegro del primer movimientos ha sido sustituido por un tema y variaciones, cinco en total. El único antecedente conocido de esta innovación se debe a W.A. Mozart, presente en la Sonata K331, la de la célebre marcha turca.

II. Luego de las variaciones, el maestro sigue la secuencia clásica habitual de movimientos rápido-lento-rápido. El segundo movimiento, entonces, es un scherzo, marcado allegro molto. Nos reencontramos aquí con un joven Beethoven, muy ágil.

III. Marcha fúnebre. El título completo dice: Marcia funebre sulla morte d'un Eroe. Como era de esperarse, bastante se ha especulado sobre ello pero Beethoven no dejó ni rastro de quién pudo haber sido aquel eroe. Muy popular entre los románticos (todavía hoy, quizá: es el movimiento que más recordamos), logró que fuera la única sonata de Beethoven que Chopin tocara en público. Su franca popularidad, además, llevó al maestro a escribir un arreglo para viento y metales, que fue interpretado en su funeral.

IV. Contra todo pronóstico, la marcha fúnebre conducirá a un brillante allegro, un movimiento breve pero impetuoso en forma ABA (tema A, tema B, tema A), con un tema B algo dramático pero nunca tan serio. La mano izquierda no descansa en sus figuraciones de movimiento perpetuo. Una sencilla coda conduce a un final en que, diminuendo tras diminuendo, el sonido pareciera evaporarse.

Con alrededor de veinte minutos, la obra está dedicada a uno de sus más fieles mecenas, el príncipe Karl von Lichnowsky.

00:00  Andante con variazoni
09:12  Scherzo. Allegro molto
11:55  Marcia funebre sulla morte d'un Eroe. Maestoso andante
18:27  Allegro

La versión es del maestro Daniel Barenboim.


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viernes, 7 de septiembre de 2018

Igor Stravinski: Tango, para piano


Poco después de que el maestro ruso Igor Stravinski abandonara Europa en 1939 para instalarse en la soleada y atrevida California, comenzó a experimentar problemas financieros. Los derechos de autor que, hasta entonces, le habían asegurado ingresos regulares en Francia, no estaban disponibles en este prometedor nuevo mundo. Responsabilizó de ello, por negligencia, a su ex partner Sergei Diaghilev, con quien había conocido éxito y fama en París luego de los estrenos de El Pájaro de Fuego y La Consagración de la Primavera. Enfrentado a la incertidumbre financiera, Stravinski escribió varias obras breves con la intención manifiesta de hacer un poco de dinero. El Tango, para piano, es una de ellas.


Dos años atrás el maestro había perdido a su hija mayor, de tuberculosis. Al año siguiente, meses antes del comienzo de la Segunda Guerra, fallecieron su esposa y luego su madre. Pero el maestro no se demoró mucho en rehacerse. A comienzos de 1940, al poco tiempo de dictar unas célebres conferencias en la Universidad de Harvard, casó con la ex bailarina rusa Vera de Bosset, con quien había mantenido una relación paralela durante unos buenos años. Poco después, Stravinski y su nueva esposa se hallaban instalados en Hollywood. La guerra seguía su curso en el viejo mundo. Al final del conflicto, ambos tomaron la ciudadanía americana.

Tango, para piano
Aunque algo libre rítmicamente, la atmósfera propia de la danza es inconfundible en sus tres minutos de extensión. Una pieza liviana pero encantadora, que no esconde la levedad de su génesis. Como el consumado pianista que era, Stravinski habrá maravillado a las audiencias. Pero dio un paso más allá. Buscando el máximo retorno, se esforzó por transcribirla a diferentes combinaciones orquestales, incluida la banda de jazz. Finalmente, remató con dos arreglos para orquesta de cámara, y uno para violín y piano.

La versión es de la pianista israelí Einav Yarden.


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miércoles, 5 de septiembre de 2018

Franz Schubert: Rondó en La mayor


El 26 de marzo de 1828, ocho meses antes de su muerte, Franz Schubert fue homenajeado en Viena por su círculo de amistades con un concierto dedicado enteramente a su música, y en beneficio del artista. Fue el primero y el último. Tres días después, Niccolo Paganini iniciaba su maratón de conciertos en la capital del imperio Habsburgo. Hasta el 24 de julio, el violinista que tenía pacto con el diablo atiborró a los vieneses con catorce recitales. La prensa no se cansó de cantar las excelencias del "fenómeno Paganini", pero dedicó solo un par de líneas a su connacional Franz Schubert.

Franz Schubert (1797 - 1828)
El concierto homenaje había sido todo un éxito, a pesar de que gran parte del público no conocía las obras del autor. Una apatía similar había sido la tónica por parte de las casas editoras de música hasta no hacía mucho. Solo a partir de 1822, aproximadamente, los editores comenzaron a mostrar un interés, algo deslavado, en la publicación de la música del pequeño maestro. Es famosa la respuesta del editor Peters a la carta de amigos de Franz solicitando la publicación de algunas piezas suyas: "Mi interés está enfocado en los artistas ya consagrados... la misión de revelar nuevos talentos es para otro...".

Pero en 1828 Schubert tenía editor hacía rato: la casa Artaria. El maestro había aprendido a lidiar con tales circunstancias, y también con su precaria salud, muy debilitada a consecuencia de la sífilis contraída hacía siete años. Contra todo pronóstico, ese último año vio nacer algunas de sus mejores obras: las últimas tres sonatas para piano, la fantasía en Fa menor y la notable y celebérrima Serenata, entre otras. Doménico Artaria, editor, se vio entonces en la necesidad de solicitar una pequeña obra para piano a cuatro manos... el fortepiano recién instalado en los salones de la naciente burguesía pedía a gritos una pieza para disfrute de la familia.

Rondó en La mayor, D 951
Comenzada en junio de ese año, la última obra para piano a cuatro manos de Schubert fue publicada al mes siguiente de su muerte, con el título de "Gran Rondó".
La obra no vuela a grandes alturas pero tampoco revela un estado de ánimo melancólico, que quizá hubiera sido esperable. En sus doce minutos de extensión, Schubert regresa a un periodo en que escribía pequeñas joyas para él y sus amigos, para sencillamente disfrutarlas en una velada placentera. Por lo mismo, la obra no presenta dificultades insalvables ni para los intérpretes ni para el auditor.

La versión es de los grandes maestros argentinos Martha Argerich y Daniel Barenboim.



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lunes, 3 de septiembre de 2018

Paul Lincke: "Berliner Luft" - Aire berlinés


A sus diez años, el compositor alemán Paul Lincke veía desde la ventana de su casa en el centro de Berlín, casi a diario, el desfile de tropas que marchaban al ritmo de bandas militares. Un día, simplemente, decidió participar: "Tan pronto como escuché el estruendo de la música, le anuncié a mi madre que bajaba. A saltos, gané la calle. Esperé a que los soldados se acercaran y marché con entusiasmo al ritmo firme de la música hacia la estación de Unter den Linden."
Será precisamente una marcha, Berliner Luft (Aire Berlinés), lo que permita que su nombre aparezca todavía hoy en los programas de mano de la Filarmónica de Berlín.


Considerado el fundador de la opereta berlinesa –tal como Strauss Jr  lo fue para Viena, u Offenbach en París–, el compositor nació en Berlín, en noviembre de 1866. Como era de esperarse, sus primeros contactos con la música se dieron en una banda, la de la ciudad de Wittenberge, adonde le envió su madre luego de terminar la secundaria. Allí tocó el fagot, aunque también aprendió violín y piano. Pero no siguió una carrera como músico de banda. Pronto brillará como fagotista y compositor de canciones en diversos teatros de vaudeville de su ciudad natal. Más tarde, ya un músico maduro, prestará sus servicios durante dos años en el Folies Bergère, de París.

A su regreso, verá estrenada en 1899 su mayor éxito, la opereta Frau Luna (Señora Luna), que narra una singular aventura: la de un grupo de prominentes berlineses que viajan en globo aerostático a la luna. Cinco años más tarde, en 1904, estrenará un burlesque en dos actos, Berliner Luft, al que pertenece la marcha homónima, hoy el himno no oficial de Berlín, y que todos los años sirve de cierre a la presentación de la Filarmónica de Berlín en el escenario al aire libre berlinés conocido como Waldbühne.

Frau Luna experimentó una revisión en 1922. Lincke incluyó allí Berliner Luft, en versión cantada. La escuchamos en versión de 1941, con la cantante austríaca Lizzy Waldmüller.



Marcha Berliner Luft
Es costumbre que en ocasiones el director abandone el podio y tome el lugar e instrumento de alguno de los músicos. Se ha visto a Kurt Masur en los timbales. En esta oportunidad, es Gustavo Dudamel quien intercambia lugar con el primer violín.
Filarmónica de Berlín, en Waldbühne, Berlín, julio de 2017.


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