viernes, 28 de septiembre de 2018

Tchaikovski: "Eugenio Oneguin", Polonesa


Piotr Ilich Tchaikovski tenía 37 años cuando afloró en su magín la desdichada idea de casarse. La elegida (aunque más bien el elegido fue él), nueve años menor, fue Antonina Miliukova, una antigua alumna. Como se sabe, el matrimonio duró dos meses y medio, aunque, mejor expresado, eso fue lo que duró la vida "en pareja". El maestro escabulló todo ese tiempo a Antonina, hasta que finalmente desertó del lecho conyugal, para siempre.
El maestro debió echar mano a una cura de reposo. Pero se recuperó:
"...No hay ninguna duda de que durante algunos meses he estado un poco loco... sólo ahora... he aprendido a enfrentarme con todo lo que hice durante mi breve periodo de locura. El hombre que en mayo se le ocurrió casarse con Antonina Ivánovna, quien durante junio escribió una ópera entera como si nada hubiera pasado, quien en septiembre huyó de su mujer, quien en noviembre se embarcó destino a Roma y otras cosas por el estilo; ese hombre no era yo, sino otro Piotr Ilich."

La ópera que escribió "como si nada hubiera pasado" es la más reconocida y exitosa de las doce que compuso, Eugenio Oneguin, ópera en tres actos basada libremente en la homónima novela en verso de su compatriota Alexander Pushkin. Un retrato social y psicológico de la Rusia de los años veinte en el siglo XIX.

Muy resumidamente, la historia va así:
Tatiana, una chica ingenua y soñadora, cae rendida ante los encantos del sofisticado Eugenio Oneguin, cuando éste va de visita al campo. Tatiana le confiesa su amor pero Eugenio la rechaza. Para que no haya dudas, Oneguin decide coquetear con Olga, hermana de Tatiana y prometida de su mejor amigo, Lensky. Enfurecido por aquel comportamiento, Lensky reta a duelo a su amigo Oneguin. El evento termina con la muerte de Lensky. (No está demás agregar aquí que el poeta Pushkin murió en un duelo, a los 37 años).
Oneguin desaparece un tiempo largo. Años más tarde encuentra en una fiesta a Tatiana, ya casada, con un viejo príncipe. Oneguin la ve bailar una alegre polonesa, más hermosa que nunca. Esta vez será Tatiana quien rechace.

Polonesa, de Eugenio Oneguin, opus 24
Estrenada en 1879 en Moscú, la ópera tuvo un recibimiento caluroso, que continúa hasta hoy.
Como era habitual en el teatro lírico del romántico siglo diecinueve, las escenas de baile y festejos no podían faltar. En el tercer acto, Oneguin reencuentra a Tatiana en una fiesta. Los invitados se divierten bailando una polonesa muy animada. La polonesa se hizo muy popular y hoy en día es costumbre incluirla en el repertorio sinfónico como pieza autónoma.

La versión es de la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, bajo la conducción del director ruso Yuri Temirkanov.


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lunes, 24 de septiembre de 2018

Charles Ives: "Central Park in the Dark", para orquesta


Charles Ives, exitoso agente de seguros, organista de iglesia y compositor en sus ratos libre, tuvo como primer maestro a su padre, un inquieto director de banda del ejército norteamericano. Apenas diez años tenía Charles cuando el padre le animó a interesarse por las armonías modernas y la politonalidad. Cualquiera diría que, expuesto a semejantes experiencias, el pequeño Charlie habría salido huyendo de la música, despavorido. Por fortuna no fue así, y no pasó mucho tiempo antes de que el niño pudiera acompañar a su padre en un dúo bitonal. El padre cantaba una melodía en determinada tonalidad y Charles, futuro compositor, se las ingeniaba para cantar la misma melodía en una tonalidad distinta. Ahí quedó claro que Charles Ives no se encaminaría por una senda tradicional.


Autor de sinfonías, cuartetos de cuerda y sonatas para piano, a la vez que ejecutivo de seguros, el compositor escribía durante el viaje en los trenes de cercanía que lo llevaban a sus oficinas en Nueva York, sin que le importara gran cosa lo que pensara el mundo de su música, claramente de difícil lenguaje. Así lo pensaba él, sinceramente, creemos. Pero una revisión de sus manuscritos, muy posterior, evidenció que a partir de 1920, el autor comenzó a falsear las fechas de composición de las obras, datándolas al menos veinte años antes, con el fin de aparecer más pionero de lo que era. No había necesidad. Su música es hoy considerada soberbia, intensa, y de una originalidad que no requiere revisión fraudulenta alguna.

Charles Ives (1874 - 1954)
Central Park in the dark
La pieza para orquesta fue compuesta en 1906, concebida para hacer dupla con su obra más conocida, Una Pregunta sin Respuesta. La idea de presentar los dos trabajos juntos obedece a que ambas están basadas en la misma premisa experimental: las cuerdas crean una tenue y estable atmósfera que permanece en segundo plano mientras los restantes instrumentos introducen elementos contrastantes, no sincrónicos, que irán acelerando, gradualmente.

Su título original es algo más extenso: A Contemplation of Nothing Serious or Central Park in the Dark in the Good Old Summertime. Un poco largo. Pero el mismo autor se encarga de explicar qué es lo que todo ello significa:
"...los sonidos de la naturaleza y de los eventos que podían oírse hace treinta años, sentados en un banco en el Parque Central, en la noche de un verano caluroso. Las cuerdas representan los sonidos de la noche y la oscuridad silenciosa... interrumpida por los cantantes callejeros... [...] un carro y una banda callejera se unen al coro [...] ...un carro de bomberos... un caballo... que huye... los caminantes vociferan...[...] La oscuridad se oye otra vez... y volvemos a casa."

Sin embargo, la música que acompañó todo esto no les dijo nada a algunos críticos europeos de la época. Algunos llegaron al extremo de sostener que Ives era un aficionado que no tenía idea de lo que hacía. El pensamiento de hoy, en cambio, a vuelta del siglo XXI, señala que todavía hoy Ives tiene algo que enseñarnos, y nada menos que en términos de ideas nuevas.

La versión es de la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Bartok, de Budapest, con la conducción del director húngaro Gergely Dubóczky.



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jueves, 20 de septiembre de 2018

Schumann: Arabesque para piano, opus 18


Víctima, probablemente, de la condición médica que hoy conocemos como enfermedad maníaco-depresiva, la vida y obra de Robert Schumann encarna la quintaesencia del artista romántico: la creación de arte a través del sufrimiento. El compositor, algo reticente a escribir obras de gran aliento, desplegará su mejor genio lírico en canciones y piezas breves para piano. La brillante colección de miniaturas Kinderszenen, de 1838, es un buen ejemplo; se hace allí manifiesta su extraordinaria habilidad para traducir en música estados del alma.

Un año más tarde, Schumann abandonará Leipzig por Viena, poniendo gran distancia entre él y Clara Wieck, a raíz del rechazo del viejo Wieck a la relación de ambos. Pero desde allá se comunicará con Clara mediante cartas y música. Arabesque opus 18 es parte de ese contacto atribulado.


Profunda fue la depresión que asaltó al maestro en Viena. Y no solo sentimental. También profesional... era su maestro quien se oponía a que su hija fuera desposada por un músico que recién se iniciaba en un difícil arte. La ferviente negativa de Friedrich Wieck no reflejaba sino sus desmayadas expectativas respecto del futuro profesional de su alumno. Pero Schumann, que jamás se imaginó a sí mismo como un segundo Beethoven o algo similar, se las arregló en Viena para crear un manojo de piezas de notable encanto y gracia, "delicadas", escribió, "para damas". Son parte de un intenso trabajo que desarrolló paralelo al via crucis previo a su anhelado matrimonio con Clara, virtualmente inventando la pieza romántica breve y poética.

Arabesque, opus 18
Con menos de siete minutos de duración, la delicada pieza "para damas" no presenta mayores exigencias al intérprete. Es uno de aquellos singulares trozos de música que, no obstante su escasa demanda técnica, logra cautivar al oyente con su escritura colorida y vivaz.
Se diría que su título afirma que los arabescos están presentes, pero es más bien una metáfora.
La pequeña pieza presenta una forma modificada de rondó (ABACA) con A, tema principal, lírico, y dos secciones algo más intensas, B y C. Cuando la pieza pareciera concluir con la última aparición del tema inicial, Schumann nos reserva una sorpresa, un exquisito posludio íntimo ofrece el verdadero cierre.

La versión es del pianista chino Lang-Lang.


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martes, 18 de septiembre de 2018

Enrique Granados: "Valses poéticos"


"La juventud en todos lados se encuentra en su casa", escribió Enrique Granados en sus Memorias, poco leídas pero muy citadas. Eran sus primeros días en París. Se había perdido y un parroquiano lo condujo a casa. El joven pianista catalán, de diecinueve años, iniciaba así, en septiembre de 1887, su breve pero harto provechosa estadía de dos años en París. Una muy inoportuna enfermedad lo privó de ingresar al Conservatorio, pero terminó estudiando privadamente con renombrados pianistas y maestros de música parisinos. De aquellos años son sus aplaudidos "Valses Poéticos" para piano, el primero de sus trabajos de madurez.


Un generoso mecenas español había provocado el milagro. Un año antes, luego de la muerte del padre, Granados se había visto en la necesidad de engancharse como pianista de café, en Barcelona. Por cien pesetas mensuales, el joven músico tocaba de "dos a las cuatro y media de la tarde y de las nueve a las once y media de la noche" en el Café de las Delicias, conocido más tarde como "Lion d'Or". Pero el café, ya algo demodé, fue de mal en peor y la plaza de pianista fue suprimida.

Enrique Granados (1867 - 1916)
Entonces fue que entró en escena el reconocido empresario Eduardo Conde, quien contrató a Granados como profesor de sus hijos por un generoso salario, convirtiéndolo en "el profesor más caro de Barcelona".  Poco después, convencía a su madre de que el joven debía seguir estudios en París. Dos años más tarde, Granados estaba de regreso en Barcelona, después de haber conocido a los compositores franceses más representativos de la época, y haber consolidado su amistad con su compatriota Isaac Albéniz.

Valses poéticos
No obstante lo ya señalado, hay autores que citan su génesis en un periodo previo al viaje a París, con el autor de diecisiete o dieciocho años. Como fuere, se trata de una serie de siete elegantes valses, a los que preludia una introducción, en compás de cuatro cuartos, y da cierre una colorida e ingeniosa coda que, sorpresivamente, lleva a la repetición literal y completa del primer vals.

00:00  Introducción
01:32  Melódico
03:25  Tiempo de vals noble
04:50  Tiempo de vals lento
07:02  Allegro humorístico
07:50  Allegretto (Elegante)
09:22  Quasi ad libitum (Sentimental)
11:00  Vivo - Presto

La versión es del pianista español Luis Fernando Pérez. (El video incluye información sobre Goyescas, que suponemos el intérprete tocó antes de los Valses, datos que el videísta olvidó de retirar.)


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domingo, 16 de septiembre de 2018

Alban Berg: Concierto para violín - "A la memoria de un ángel"


En febrero de 1935, su último año de vida, el compositor austriaco Alban Berg recibió el encargo de componer un concierto para violín y orquesta. La petición provenía de Louis Krasner, un violinista ruso-americano que más tarde construirá una carrera notable realizando primeras audiciones de las obras de sus colegas contemporáneos. La comisión ofrecida no era nada desdeñable. Pero por la época, Berg, de cincuenta años, trabajaba intensamente en su ópera Lulu y, riguroso y metódico como era, desechó la propuesta. Sin embargo, Krasner había tocado un punto sensible. Para que la música dodecafónica accediera a un público amplio, había dicho, nada mejor que entregársela en un formato amigable, un concierto. Al maestro le surgió la duda. Una honda tragedia terminará por convencerlo.


Alma Mahler, viuda de Gustav, había casado en 1915 con el célebre arquitecto Walter Gropius. La relación, de la que nació una hija, Marion, llegó a su fin en 1920. Pese a la brevedad del lazo, Alban Berg construyó una sólida amistad con la pareja, sumando a ello un gran afecto por la pequeña Marion, de cuatro años al momento de la separación.

Alma Mahler, Gropius y Marion (1918)
Las dudas que asaltaban a Berg se disiparon cuando aquella primavera se enteró de que el 22 de abril había muerto Marion Gropius, de dieciocho años, afectada de poliomielitis. Absorbiendo toda la energía creativa que tal tragedia podía inspirar, resolvió componer un memorial, de música, para honrar a la pequeña Marion. "Antes de que termine este año terrible", escribió a Alma, "podrán escuchar una partitura que dedicaré 'a la memoria de un ángel' y que encierra lo que siento y que hoy no puedo expresar". Dejando de lado el último acto de su ópera Lulú (que no alcanzará a terminar), el maestro se entregó con todas sus fuerzas a la composición del concierto para violín.

Por lo general, Alban Berg necesitaba alrededor de dos años para componer una obra de cierta envergadura. Esta vez, pese a que su salud no era buena, solo necesitó cuatro meses. El 11 de agosto el concierto estaba terminado. En la primera página del manuscrito, escribió: "A la memoria de un ángel", tal como había prometido. La dedicatoria fue extendida, desde luego, al violinista Krasner, quien lo estrenó año siguiente en Barcelona. Alban Berg no alcanzó a escucharlo. Había muerto el 24 de diciembre de 1935.

Concierto para violín
La obra, el único concierto de Berg para instrumento solista, se desarrolla según los principios de la música dodecafónica que el compositor aprendió de su maestro Arnold Schoenberg. Sin embargo, se ha convertido en la obra más popular del compositor, y la más programada en los escenarios. Y pese a su atrevida combinación de lenguaje tonal y atonal, es también su obra más accesible.

Movimientos:
Son dos, aunque cada uno de ellos incluye otra sección que se toca sin interrupción. Según Berg contó a su biógrafo, en el primer movimiento trató de traducir los rasgos de carácter de la niña en personajes musicales. El segundo es algo menos pastoral, quizá pesadillesco, representando la catástrofe de la muerte. La obra termina sin aspavientos. No resulta fácil encontrar otra obra en que el silencio que sigue a los últimos compases, sea tan importante como el que aquí "se escucha".
00:00  Andante - Allegretto
11:37  Allegro - Adagio

La versión es de la violinista alemana de origen ruso, Alina Pogostkina, acompañada por la Gothenburg Symphony bajo la conducción del director alemán David Afkham.


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