sábado, 5 de febrero de 2011

Beethoven: Sonata "La Tempestad", Allegretto


Vista de Heiligenstadt, alrededor de 1820. (Acuarela de T.D. Raulino.)

Una de las escasas sonatas para piano a las que Beethoven habría dotado de nombre propio es la sonata N° 17 en re menor, compuesta en 1802, y llamada "La Tempestad". Si así lo hizo, fue de una manera curiosa: harto de la insistente pregunta acerca de su "significado", respondió un día en el colmo del fastidio: "...lean La Tempestad de Shakespeare".
En el verano de ese año 1802 y siguiendo la recomendación de un médico que le aconsejó "ahorrar" en oído pues se estaba quedando sordo, Beethoven decidió tomar unos meses de descanso en una tranquila localidad cercana a Viena, Heiligenstadt, célebre por la belleza y majestuosa calma de sus parajes. Allí escribirá una larga carta a sus dos hermanos que no enviará nunca y en la que confiesa con gran dramatismo el mal que lo aqueja, y dispone algunas medidas para cuando ya no esté en este mundo. De ahí que la carta sea conocida como el Testamento de Heiligenstadt, aunque Beethoven va a vivir todavía 25 años más.

Ya en 1801 había anunciado a su amigo médico Wegeler su preocupación por esta dolencia:
"... mi salud ha mejorado [se refiere a una dolencia intestinal]... a excepción de mis oídos que no dejan de dolerme día y noche. Llevo una vida de ermitaño [...] porque no puedo decirle a la gente que estoy sordo. ...Si estoy a cierta distancia de los cantantes o instrumentistas no puedo oír las notas más agudas... apenas puedo oír a una persona si habla a media voz, es decir, puedo escuchar el timbre de su voz pero no distingo las palabras...".

Un año después, en el Testamento de Heiligenstadt, lo vemos sumergido en un hondo lamento por la pérdida de la audición en su condición de músico:
"¡Ay! ¿Cómo podía yo proclamar la falta de un sentido que debería poseer en más alto grado que ningún otro? [...] Estoy alejado de la diversión... del placer de la conversación, de las efusiones de la amistad... [...] Tales circunstancias me han llevado al borde de la desesperación [...] Paciencia, así se me ha dicho. Esta debe ser mi guía. [...]
Al final, agrega una súplica desgarradora: "¡Oh, Providencia, garantízame al menos un solo día de sincera alegría!"

Quien esto escribe es un Beethoven de edad mediana, con sólo 32 años. Va a vivir hasta los 57, edad a la que llegará completamente sordo, lo que no habrá sido obstáculo para componer, entre otras bagatelas, la novena sinfonía, amén de las restantes quince sonatas para piano y el resto de toda su música.

La sonata está estructurada a la manera clásica en tres movimientos: rápido-lento-rápido; el tercero de ellos lleva la indicación de tempo allegretto, es decir, algo menos rápido que allegro, animado tal vez. Es una denominación algo ambigua, por lo que un allegreto puede tocarse unas veces con la vivacidad de un allegro y otras con la parsimonia de un andante. Si se toma la velocidad allegro, aquí sucede algo curioso, si somos dados a fantasear, o nos encanta aceptar como cierta una realidad dudosa.



¿Un joropo venezolano?
El movimiento está escrito en tres octavos (3/8), es decir, en cada compás se tocan tres corcheas o, lo que es lo mismo, seis semicorcheas, que es precisamente el caso. Es el mismo patrón rítmico de un joropo venezolano. En un joropo y en este allegreto se pueden contar, cantar o bailar seis semicorcheas por compás: un-dos-tres-cua-cinc-seis / un-dos-tres-cua-cinc-seis / ... etcétera.
Si por propia inspiración, le sumamos algo de sabor caribeño ("sentir" los acentos en los tiempos "débiles": tres y seis) podemos experimentar lo inusitado: bailar el tercer movimiento de la sonata n° 17, opus 31 N°2 de Ludwig van Beethoven. La velocidad que tomó la pianista ucraniana Valentina Lisitsa así lo permite. Toda una novedad.

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