viernes, 28 de septiembre de 2012

Gershwin, Hancock, Dudamel: "Rhapsody in blue"



Antes de la crisis del 29, todos los norteamericanos eran felices. La Primera Guerra Mundial había traído como resultado la transformación de los EEUU en una influyente potencia militar, industrial y financiera y el sueño americano se presentaba como alternativa a la decrépita Europa, en todos los terrenos. En el de la cultura, llamaba la atención el naciente arte de los 24 cuadros por segundo y una novedosa música llamada jazz, que practicaba la gente de color, generalmente negro.
En este ambiente distendido, se creyó apropiado y justo integrar estos nuevos ritmos a la música sinfónica, cultivada también por gente de color, en este caso, blanco. Es así como surge, encargo mediante, una pieza breve, ligera y llena de melodiosidad llamada Rhapsody in blue, para piano solo y banda de jazz, obra del compositor George Gershwin, y estrenada en febrero de 1924.

De la obra existen al menos cuatro versiones distintas. La original, para orquesta de jazz; una reducción para piano solo; una transcripción para dos pianos; por último, la que se escucha con mayor frecuencia en las salas de concierto y que aquí presentamos, en versión completa, y a la que sumamos enseguida una modesta guía de audición:

El clarinete da inicio a la pieza con un trino al que le sigue un largo glissando (una nota que sube, o baja, de forma continua, como al deslizar los dedos por el arco de un violín, lo que en el clarinete es, claramente, mucho más difícil, porque éste funciona tapando y destapando hoyitos), glissando, decíamos, que lleva a la exposición del primer tema, que se repite tres veces, acompañado de la orquesta, hasta que entra el piano, encargado de aportar las variaciones, ocasión para que se luzca el solista, diabluras incluidas. El segundo tema, más festivo, es asumido por la orquesta y luego por el piano, que pronto va a realizar en solitario una reexposición bastante extensa de los dos temas para finalmente introducir el tercero y último, el más conocido y el más cercano al blues de toda la composición, en el minuto 13:42. Luego lo reexpone la orquesta con mayor vigor, interviene después el piano, y juntos, citan con ímpetu todos los temas antes de la coda, que conducirá velozmente a un sonoro final en tutti, o lo que es lo mismo, cuando nadie se queda sin tocar.


El solista, en esta oportunidad, es el destacado músico, leyenda del jazz y pianista Herbie Hancock, autor de decenas de álbumes muy celebrados y compositor de la banda sonora de un buen número de películas. Su interpretación es aquí todo un acierto.

El director es el joven músico venezolano Gustavo Dudamel, a la cabeza de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles, de la cual es director titular. Dudamel es un brillantísimo músico nacido en el estado Lara, Venezuela, hace 41 años, capturado por la música gracias a la tarea encomiable de la Fundación para las Orquestas Juveniles de ese país, invención a varias voces encabezada por el maestro José Antonio Abreu, hace ya más de cuarenta años. El año 2004, Dudamel ganó el primer premio en el concurso de dirección Gustav Mahler, que se realiza en Alemania, cada tres años. Desde esa fecha, ha dirigido innumerables orquestas del primer mundo, entre las que se cuentan la Sinfónica de Gotemburgo, la Orquesta Sinfónica de Israel, la Orquesta Sinfónica de Chicago y la Filarmónica de Nueva York, por nombrar algunas de entre decenas de destacadas agrupaciones orquestales que han estado a su cargo. De naturaleza inquieta, no le es ajeno el futuro de la humanidad; en su país natal, aporta con un granito de arena al socialismo del siglo XXI dirigiendo la Orquesta Sínfónica para el Poder Popular Simón Bolívar y la Orquesta Sinfónica Nacional de la Juventud, para el Poder Popular, también.

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