domingo, 30 de septiembre de 2012

Mozart: Concierto para violín N° 3




Wolfgang Amadeus Mozart tenía 19 años cuando compuso los cinco conciertos para violín, mientras se desempeñaba, muy a su pesar, en la orquesta de su torpe patrón Colloredo, príncipe arzobispo de Salzburgo, donde ocupaba la plaza de primer violín. Wolfgang, de la mano de su padre, hacía rato que había recorrido media Europa tocando el clave junto a Nannerl, su hermana mayor; había asombrado a medio mundo como tecladista pero su genio con el violín sólo era conocido por quienes habían tenido la fortuna de escucharlo en Salzburgo o en alguna modesta corte de los alrededores.

Su padre Leopold, que algo sabía de violines había escrito uno de los primeros tratados pedagógicos de la historia, sobre el violín le escribió alguna vez en una carta: "...sucede que tú mismo no eres consciente de lo bien que tocas el violín". Mucho más tarde, curiosamente, insistió: "Si hubieses querido, habrías llegado a ser el mejor violinista de Europa". Leopold no estaba enterado aún de que Wolfgang iba a ser el más grande compositor del periodo clásico.

Vista de Salzburgo, s. XVIII. Grabado de A.F.H. Naumann
Un año antes de la composición de los cinco conciertos, Wolfgang había recibido la negativa de Colloredo ante su solicitud de viajar a Viena para darse a conocer y relacionarse con otros músicos y liberarse durante un tiempo, por breve que fuera, del abatimiento que suponía estar al servicio de Su Eminencia en esa corte que detestaba.

De modo que es dable pensar que los conciertos para violín los haya compuesto pensando en un futuro y definitivo alejamiento de la corte de Salzburgo, una suerte de preparación y consolidación de repertorio para ser presentado ante las más llamativas cortes de Alemania o Francia, donde podría brillar también como violinista, siguiendo las indicaciones de su padre.

Sea como fuere, los cinco conciertos para violín los compuso Mozart en tiempo récord, entre abril y diciembre de 1775. En comparación con los conciertos para piano, se acostumbra señalar que aquellos compuestos para violín poseen un carácter más superficial, si bien en todos ellos se ve plasmado el inmejorable conocimiento que Wolfgang tenía del estilo melódico y gracioso de la escuela italiana, y constituyen, por cierto, un precioso testimonio de la elegancia y el estilo galante que, imaginamos, habrá sido la usanza en la corte de Salzburgo, hace más de dos siglos.

Concierto para violín y orquesta N° 3
El concierto N° 3, en sol mayor, estructurado en los tres movimientos tradicionales: rápido, lento, rápido, es uno de los más demandados por público e intérpretes de nuestro tiempo.
Con la violinista norteamericana Hilary Hahn de solista, acompañada por la Stuttgart Radio Symphony Orchestra dirigida por Gustavo Dudamel, se presenta aquí la versión ofrecida en 2007 en la oportunidad del cumpleaños del Papa Benedicto XVI, en una modesta sala de El Vaticano laboriosamente reacondicionada para la ocasión.


Movimientos:
00  Allegro  Prototipo de final galante, aunque lo superará en galanura el final del tercer movimiento. (Las cadenzas son de Hilary).
10:35  Adagio  En lugar del habitual andante, Mozart incorpora un adagio de atmósfera ensoñadora.
21:00  Rondo  Como de costumbre, un poco en broma y un poco en serio, Mozart dijo de este movimiento que "sólo hubiese podido ser escrito por un hombre de talento superior". Nada de finales brillantes. A su término, la pieza parece despedirse, con suprema elegancia, porque necesita tomar un descanso.

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viernes, 28 de septiembre de 2012

Gershwin, Hancock, Dudamel: "Rhapsody in blue"



Antes de la crisis del 29, todos los norteamericanos eran felices. La Primera Guerra Mundial había traído como resultado la transformación de los EEUU en una influyente potencia militar, industrial y financiera y el sueño americano se presentaba como alternativa a la decrépita Europa, en todos los terrenos. En el de la cultura, llamaba la atención el naciente arte de los 24 cuadros por segundo y una novedosa música llamada jazz, que practicaba la gente de color, generalmente negro.
En este ambiente distendido, se creyó apropiado y justo integrar estos nuevos ritmos a la música sinfónica, cultivada también por gente de color, en este caso, blanco. Es así como surge, encargo mediante, una pieza breve, ligera y llena de melodiosidad llamada Rhapsody in blue, para piano solo y banda de jazz, obra del compositor George Gershwin, y estrenada en febrero de 1924.

De la obra existen al menos cuatro versiones distintas. La original, para orquesta de jazz; una reducción para piano solo; una transcripción para dos pianos; por último, la que se escucha con mayor frecuencia en las salas de concierto y que aquí presentamos, en versión completa, y a la que sumamos enseguida una modesta guía de audición:

El clarinete da inicio a la pieza con un trino al que le sigue un largo glissando (una nota que sube, o baja, de forma continua, como al deslizar los dedos por el arco de un violín, lo que en el clarinete es, claramente, mucho más difícil, porque éste funciona tapando y destapando hoyitos), glissando, decíamos, que lleva a la exposición del primer tema, que se repite tres veces, acompañado de la orquesta, hasta que entra el piano, encargado de aportar las variaciones, ocasión para que se luzca el solista, diabluras incluidas. El segundo tema, más festivo, es asumido por la orquesta y luego por el piano, que pronto va a realizar en solitario una reexposición bastante extensa de los dos temas para finalmente introducir el tercero y último, el más conocido y el más cercano al blues de toda la composición, en el minuto 13:42. Luego lo reexpone la orquesta con mayor vigor, interviene después el piano, y juntos, citan con ímpetu todos los temas antes de la coda, que conducirá velozmente a un sonoro final en tutti, o lo que es lo mismo, cuando nadie se queda sin tocar.


El solista, en esta oportunidad, es el destacado músico, leyenda del jazz y pianista Herbie Hancock, autor de decenas de álbumes muy celebrados y compositor de la banda sonora de un buen número de películas. Su interpretación es aquí todo un acierto.

El director es el joven músico venezolano Gustavo Dudamel, a la cabeza de la Orquesta Filarmónica de Los Angeles, de la cual es director titular. Dudamel es un brillantísimo músico nacido en el estado Lara, Venezuela, hace 41 años, capturado por la música gracias a la tarea encomiable de la Fundación para las Orquestas Juveniles de ese país, invención a varias voces encabezada por el maestro José Antonio Abreu, hace ya más de cuarenta años. El año 2004, Dudamel ganó el primer premio en el concurso de dirección Gustav Mahler, que se realiza en Alemania, cada tres años. Desde esa fecha, ha dirigido innumerables orquestas del primer mundo, entre las que se cuentan la Sinfónica de Gotemburgo, la Orquesta Sinfónica de Israel, la Orquesta Sinfónica de Chicago y la Filarmónica de Nueva York, por nombrar algunas de entre decenas de destacadas agrupaciones orquestales que han estado a su cargo. De naturaleza inquieta, no le es ajeno el futuro de la humanidad; en su país natal, aporta con un granito de arena al socialismo del siglo XXI dirigiendo la Orquesta Sínfónica para el Poder Popular Simón Bolívar y la Orquesta Sinfónica Nacional de la Juventud, para el Poder Popular, también.

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martes, 25 de septiembre de 2012

Minueto de Boccherini



El déspota ilustrado Carlos III de Borbón fue rey de España desde 1759 hasta su muerte, en 1788. Durante su mandato reformuló las leyes, creó la Lotería Nacional, realizó importantes cambios en el trazado de las grandes ciudades, y expulsó a los jesuitas. Lamentablemente, y pese a lo ilustrado que era su reinado revela un importante resurgimiento de la cultura el rey era sordo. Debido a esto, la celebración de espectáculos musicales en la corte era escasa; el monarca sólo los consentía para actos de gran solemnidad, a los cuales asistía, estoico, haciendo malabares para no quedarse dormido.

Resulta entonces sorprendente que el embajador de España en París haya convencido al violoncellista italiano Luigi Boccherini para que se trasladara a Madrid, donde lo esperaban, según el intrépido embajador, grandes éxitos y posibilidades. Luigi, de 24 años, originario de la ciudad italiana de Lucca, luego de pasar por Roma y Milán, se hallaba ahora instalado en la capital francesa, disfrutando de alguna fama, principalmente como intérprete, junto a su partner, el violinista Filippo Manfredi.

Luigi Boccherini (1743 - 1805)
Al poco tiempo de llegar ambos a Madrid, el año 1767, Filippo consiguió un puesto en la orquesta privada del infante Luis de Borbón, hermano del sordo y que a diferencia de éste, cultivaba cierto interés por la música. Luigi no corrió la misma suerte, y tuvo que conformarse con conciertos ocasionales que le reportaban muy poco dinero. Afortunadamente, Filippo movió sus influencias y en noviembre de 1770 Luigi fue aceptado como violoncellista de cámara y compositor de la casa del infante. El salario era bueno y le permitía a Luigi proseguir su actividad de compositor de música de cámara, libre de preocupaciones materiales, aun cuando las composiciones se convertían en propiedad del infante Luis apenas éstas surgían del magín creativo de Boccherini.

Pero como no todo dura para siempre, seis años después, en 1776, el infante, de casi 50 años, encontró el amor donde no debía. Se enamoró de una plebeya y se casó, después que el rey autorizara el matrimonio morganático. ¡Joder! ¿Y eso qué es? preguntó el infante. Mi venia para que contraigas nupcias con una desigual, respondió el rey.
Así fue como el infante fue separado de la corte y enviado, con su mujercita, a residir en Arenas de San Pedro, pequeño poblado a ciento sesenta kilómetros de Madrid. Pero no abandonó a sus músicos. Luigi y su amigo Filippo partieron con él, participando luego activamente en las veladas musicales del infante y su esposa, en el exilio. Luigi pudo seguir componiendo, pero en el más completo aislamiento de los círcuitos musicales de Madrid, si bien el infante le permitía enviar algunas composiciones para su publicación en el resto de Europa. A la muerte de su protector, Boccherini quedó desamparado otra vez pero Carlos III acudió en su ayuda concediéndole una pensión en señal del afecto que le había unido a su hermano díscolo.

Quinteto para cuerdas en Mi mayor - Minueto
Luigi Boccherini escribió ni más ni menos que 124 quintetos para cuerda, en los que, como era natural siendo él cellista, dobló el cello en vez de la viola, es decir, son piezas para dos violines, viola y dos violoncellos. El Quinteto para cuerdas en Mi mayor del opus 11, publicado en París en 1775, es uno de los más aplaudidos porque contiene el minueto que hasta hoy mantiene a Boccherini en escena, el popularmente conocido "minueto de Boccherini".


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domingo, 16 de septiembre de 2012

Brahms: Intermezzo para Clara



Johannes Brahms tenía veinte años cuando conoció a los Schumann, en visita a su casa en Düsseldorf. Robert Schumann y su esposa Clara lo recibieron con el cariño que acostumbraban, escucharon su música y lo alentaron a seguir componiendo. Robert, que por esa época dirigía una revista musical, elogió a Brahms escribiendo: "he aquí un elegido" en un artículo de octubre de ese año 1853, un hecho afortunadísimo, pues el sentido de realidad estaba a punto de decir adiós al compositor Robert Schumann. En marzo del año siguiente, fue internado en un manicomio, del que no saldrá sino hasta su muerte, dos años más tarde.

Brahms (1833 - 1897)
De modo que la tradición que señala que a partir de ese encuentro Brahms inició una larga amistad con los Schumann, debe ser relativizada. Si hubo una amistad prolongada fue con Clara Schumann, a quien Brahms siguió viendo, apoyando y protegiendo por muchos años.

Con Robert el cariño no fue menor, pero sus encuentros se dieron en el Sanatorio, en los escasos momentos de lucidez de Robert, encuentros que posteriormente Brahms se encargaba de relatar pormenorizadamente a Clara, que no podía ver a su marido pues los médicos desaconsejaban su visita.


Clara Schumann (1819 - 1896)
Clara Schumann, notable pianista, de virtuosismo paralelo al de Liszt o Thalberg, y que tal como ellos, estaba permanentemente en gira por toda Europa, era catorce años mayor que Brahms. A partir de 1854, año del encierro de Robert, el joven Brahms comenzó a pasar largas temporadas en casa de Clara y, pese a la diferencia de edad, forjaron una relación de la que hasta hoy se desconoce si fue más allá de la amistad, y que va a durar hasta la muerte de ella, un año antes que la del embelesado Johannes.

En sus últimos años, Brahms acentuó el mal comportamiento que estilaba ante las mujeres, a quienes, al menos en público, simulaba mirar por encima del hombro. Pero ese era Brahms, el individuo. El artista Brahms seguía siendo el muchacho sensible, tierno y delicado que conoció Clara, en cuya compañía, exclusivamente, podían aflorar el hombre y el músico de manera simultánea. Así lo muestran las Seis piezas para piano –cuatro intermezzi, una balada y una romanza–, compuestas en la etapa final de su vida, en 1892, y dedicadas a Clara Schumann, como buena parte de su obra. Con una exitosa carrera cumplida como pianista y compositor, es éste un periodo en que Brahms sólo se brinda en piezas de carácter íntimo, piezas para las que "un oyente es ya demasiado", en sus propias palabras. El intermezzo N° 2 rezuma esta mirada hacia atrás, hacia sí mismo, en una pieza sencilla sin alardes exteriores de técnica pianística. Tal vez le bastó recordar las palabras que escribió a Clara, en carta fechada casi veinte años antes, el 19 de marzo de 1874:
"Deja que mi profundo amor te reconforte, porque te quiero más que a mí mismo, más que a nadie o nada en el mundo".
La versión es del pianista ruso Nikolai Luganski.



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domingo, 9 de septiembre de 2012

Haendel: Suite en re menor - Sarabanda



La familia del compositor alemán Georg Friedrich Haendel no contaba con ninguna tradición musical. Es más, su padre se ganaba la vida cortando el pelo y arreglando barbas, oficio que combinaba hábilmente con la práctica de la cirugía, cuando, según las costumbres de la época, era requerida su ciencia.
Sin embargo, ello no impidió al barbero-cirujano observar tempranamente las manifestaciones del talento de su hijo, quien, a los 17 años, se convirtió en el organista de Halle, su ciudad natal, luego que el organista Zachow le transmitiera todo lo que sabía en las únicas clases a las que asistió en su vida.

Contrariamente a la práctica habitual de la época, George Friedrich Haendel no fue un músico que dependiera económicamente de un príncipe o de una alta jerarquía eclesiástica. Por el contrario, a lo largo de su existencia mantuvo un completo dominio sobre su quehacer artístico, organizando sus propias actividades musicales. Fue un emprendedor del siglo XVIII, un empresario de la música, si bien nunca rechazó el apoyo –con mesadas que a veces hubo que negociar– de los monarcas que frecuentó.

Georg Friedrich Haendel (1685 - 1759)
Después de hacerse un nombre en Roma, Nápoles y Hannover, viajó a Inglaterra, donde se radicó, participando en tres sociedades musicales, ora como director musical, o accionista, o derechamente como único socio y director, dedicado a la composición y representación de óperas y oratorios, destacándose entre estos últimos, El Mesías, su obra maestra.
Cosechó éxitos y fracasos, más de los últimos que de los primeros, y aún así, forjó una vida de provechoso buen pasar, al punto que Bach intentó conocerlo, varias veces, para que le contara cómo se hacía.

George Friedrich no se casó nunca, aunque tuvo la oportunidad de hacerlo cuando tenía 18 años. El anciano Buxtehude dejaba su cargo de organista en Hamburgo y decidió que su sucesor debía también hacerse cargo de su hija, ya bastante mayorcita, desposándola. Haendel rechazó el ofrecimiento.
Sus últimos años los vivió ciego, al igual que Bach. Ambos fueron atendidos por eminencias médicas inglesas. Al parecer, faltaba algún tiempo para que los barberos-cirujanos dominaran el capítulo del ojo.

Suite en re menor - Sarabanda
El clavicembalo, también llamado clave, fue un instrumento privilegiado en la época de Haendel, junto a otros instrumentos afines, como por ejemplo, el virginal o el clavicordio. Se lo consideraba el más idóneo para la enseñanza por sus posibilidades técnicas y porque, como instrumento solista, no requería de nadie más para su práctica. Haendel, atento a las necesidades de este mercado embrionario, escribió muchas piezas para el estudio del clave, las que fueron publicadas en dos ediciones bajo el título de "suites". La pieza que escuchamos, en versión orquestal, corresponde a la suite en re menor, su cuarto movimiento, sarabande, utilizada de manera prominente por Stanley Kubrik en su film "Barry Lyndon". El video está construido con imágenes de la película.



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sábado, 8 de septiembre de 2012

Frédéric Chopin, según András Schiff (IV)



En este último capítulo del novedoso documental sobre la vida de Chopin producido por la BBC, el pianista András Schiff nos entrega algunas pistas sobre la curiosa relación de Chopin con la escritora George Sand, y los nueve años plenos de armonía que vivieron juntos, aunque no revueltos. Fueron éstos los mejores años del compositor polaco, los más felices y los más productivos, a cuyo término, condujeron, impensadamente, asuntos domésticos mal resueltos.

Es increíble como dos vidas de artistas absolutamente contemporáneos pueden tomar caminos tan disímiles. Mientras su amigo Franz Liszt era ovacionado, concierto tras concierto, por media Europa, debiendo arrancar contra su voluntad de las fans más atrevidas, el pobre Chopin se encontraba solo en París, de regreso de un absurdo viaje a Inglaterra, simplemente muriéndose.

Los subtítulos en español han sido proporcionados por el equipo de La Belleza de Escuchar.



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