sábado, 16 de abril de 2011

Franz Liszt y Marie d'Agoult



El gran amor de Liszt, su relación más estable en la medida de lo posible, se llamó de soltera Marie de Flavigny. Mujer liberal, escritora de fuste e historiadora, adoptó el seudónimo de Daniel Stern cuando comenzó a colaborar con la prensa opositora francesa a comienzos de la década de 1840. Al momento de conocer a Liszt, en 1838, Marie había devenido en la condesa Marie d'Agoult, pues llevaba seis años unida en santo matrimonio arreglado con el conde Charles d'Agoult, a quien abandonó sin más trámite cuando comprendió que el verdadero amor había tocado a su puerta.

La relación, intensa y apasionada, va a durar 11 años y de la unión nacerán tres hijos.
Es la etapa en que el célebre y aclamado pianista recorre Europa entera, ofreciendo recitales en las grandes urbes, con sus propias obras, o dando a conocer a los maestros aún no apreciados por el gran público. Liszt es el primer músico que programa conciertos dedicados íntegramente a Bach, a Beethoven o a sus contemporáneos Chopin o Schumann.

Siempre triunfales, sus giras constituían todo un acontecimiento. Transformado en una celebridad de su época, Franz Liszt era esperado y recibido con gran entusiasmo por lo que hoy llamaríamos "su público", sus "fans". Por lo mismo, la posibilidad de una aventura amorosa estuvo casi siempre a la mano. Ni corto ni perezoso, Franz simplemente avanzó en esa dirección. Al mismo tiempo, en casa, Marie comenzaba a cansarse de las largas ausencias. Y suspiraba.

Estudio de concierto N°3 - "Un sospiro"
Cuatro años después del término de la relación, Marie se desempeñaba en 1848 como destacada colaboradora del periódico liberal La Presse. Franz, a su vez, terminaba de componer sus Tres Estudios de Concierto, destinados a mejorar la habilidad técnica del estudiante avanzado. El Estudio N° 3 lleva el nombre en italiano "Un sospiro", y tiene como propósito el logro de destreza en el cruce de manos, a gran velocidad.

Cuando, hace unos años, escuché esta pieza por primera vez, no podía explicarme cómo era posible que el ejecutante pudiera llevar simultáneamente esa melodía y acompañarse por tal tráfago de arpegios que, al oído, sólo era posible con la participación de ambas manos. Tiempo después, accedí a la partitura y logré ver que tal magia obedecía al "simple" artilugio del cruce de manos.


Como puede verse, la melodía va siendo conducida por ambas manos, una vez por la izquierda aprovechando un silencio y la siguiente por la derecha en simultaneidad con el bajo. Para facilitar la lectura del ejecutante, esta partitura para piano presenta, atípicamente, dos claves de sol.

La versión es del pianista y compositor franco canadiense Marc-André Hamelin, en un recital en Tokio, 1997.



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