sábado, 30 de abril de 2016

Beethoven: Sonata No 32 Opus 111



Franz Liszt, el creador del recital moderno, sufrió una ligera decepción luego de visitar Italia en 1838 y presentarse como concertista en piano en La Scala de Milán. El público, a no dudarlo, habría rugido de entusiasmo si el maestro húngaro de 27 años les hubiera ofrecido parte de su vasto repertorio de transcripciones para piano de la ópera belcantista. Pero no. Liszt se presentó esa vez con un repertorio conformado íntegramente por sonatas de Beethoven, convencido de que ya era hora de que el maestro de Bonn, desaparecido hacía once años, fuera considerado a la altura de su categoría por el gran público. La constatación fue la opuesta: el gran público milanés todavía no estaba a la altura de Beethoven.

No sabemos a qué sonatas echó mano Liszt en la oportunidad, pero es de suponer que no habrá incluido las tres últimas, más difíciles de digerir por el público llano al extremo de que un gran pedagogo polaco, de mediados del siglo XIX, aconsejaba a sus alumnos sencillamente no estudiarlas, si bien la razón era fundamentalmente económica: no habría público ante quien presentarlas. Liszt podía dar fe de ello. El público amante de la obra sonatística completa de Beethoven solo surgirá en el siglo XX gracias a la tecnología que mediante los reproductores permitió el regreso a casa de aquella música que había sido concebida hacía cien años para ser escuchada serena y atentamente por un reducido grupo de personas.

Portada original
En el curso de tres años, desde 1820 a 1822, Beethoven abordó la composición del tríptico conformado por sus tres últimas sonatas, publicando una cada año, los opus 109, 110 y 111. Son años en que el maestro vio francamente deteriorada su salud. No obstante, fue capaz de alternar esta labor con la escritura de piezas de la envergadura de la Missa Solemnis o con la resolución del finale de la Novena Sinfonía.  Al parecer, el maestro sabía sacar provecho de los momentos en que, pese a todo, parecía "sentir una nueva vida" según escribió en sus notas.

Sonata en do menor No 32 opus 111
Ciertamente, no son las últimas sonatas las más populares de Beethoven. Pero solo pocas de aquellas que sí lo son pueden rivalizar en profundidad y riqueza sonora con la última sonata, la Sonata en do menor No 32, opus 111, considerada una de las más grandes sonatas para piano que se hayan escrito, capaz de conducir al oyente hacia mundos sonoros no conocidos hasta entonces, y menos, explorados.
Publicada en 1822 está dedicada, como tantas otras, a su amigo y mentor, el archiduque Rodolfo. En su construcción, Beethoven se aparta de los convencionalismos y escribe solo dos movimientos, que denomina Maestoso y Arietta, este último el más largo, con estructura de tema y variaciones. Sorprendentemente para quien lo escucha por primera vez, el segundo movimiento contiene patrones rítmicos que recién cien años más tarde volverán a escucharse y supondrán toda una novedad al punto de recibir denominaciones hasta entonces inéditas en música: swing y booggie-woogie.

Movimientos:
00     Maestoso: Allegro con brio ed appassionato
9:02  Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile. Tema y variaciones:
         Var I:   11:43
         Var II:  13:45 (comienza el swing)
         Var III: 15:30 (comienza el boogie-woogie)
         Var IV: 17:39
         Var V:  20:55
         Var VI: 22:44

La versión es del maestro chileno Claudio Arrau.


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jueves, 21 de abril de 2016

Dvorak: Serenata para cuerdas



Al igual que Mozart en su tiempo (y algún otro compositor que se me escapa), el compositor checo Antonin Dvorak se enamoró de una bella chica pero terminó casándose con su hermana, la menor, para mayor coincidencia. La unión con Anna Cermakova fue feliz (también lo fue Mozart, con Constanza). La pareja tuvo nueve hijos, aunque tres de ellos fallecieron siendo infantes.

El compositor había conocido a las chicas Cermakova mientras se desempeñaba dictando clases de piano. Pero luego de su matrimonio (Antonin tenía 31 años, Anna 19) abandonó las clases porque su ex profesor de órgano consiguió para él un puesto fijo como organista en la Iglesia de San Adalberto, en Praga, donde permaneció desde 1874 hasta 1877. El salario era miserable pero tenía la ventaja de llegar puntualmente todos los meses; para la joven pareja era una ayuda invaluable.

Antonin Dvorak (1841 - 1904)
Pese a las circunstancias, Dvorak se las arregló para escribir por esa época un buen número de obras importantes. Y tampoco todo iba tan mal. En 1874 postuló a una beca estatal anual (otorgada por el Imperio Austro-Húngaro para sus súbditos talentosos y necesitados) haciéndose con ella ese año y luego el subsiguiente. En 1875 nació su primer hijo, y también su Quinta Sinfonía, el Quinteto para cuerdas No 2, y la Serenata para cuerdas en mi menor, esta última, una de sus obras interpretadas con mayor frecuencia y para cuya composición el joven maestro no necesitó más que dos semanas.

Serenata para cuerdas en mi menor, opus 22
Compuesta entre los días 3 y 14 de mayo de 1875, su estreno tuvo lugar en Praga el 10 de diciembre de 1876, con un éxito aplastante, lo que reafirmó la alta estima en que el compositor tenía a la pieza. De carácter idílico y apacible, su música fluye fácilmente y con naturalidad a través de sus cinco breves movimientos.

Movimientos:
00        Moderato
05:08  Tempo di Valse
12:14  Scherzo: Vivace
17:56  Larghetto
24:03  Finale: Allegro vivace

La versión es de la agrupación de cuerdas de la Royal Northern College of Music, de Gran Bretaña.



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martes, 5 de abril de 2016

César Franck: Quinteto para piano



Según alguna vez comentó la muy renombrada compositora y pedagoga francesa Nadia Boulanger (1887 - 1979), no existe pieza musical que contenga mayor profusión de pianisimos y fortissimos que el Quinteto para piano en fa menor del compositor belga César Franck. La obra fue compuesta en el invierno de 1878-79, en momentos en que el compositor, frisando los sesenta, mostraba un interés algo impropio por una de sus alumnas. Un trabajo altamente expresivo (así lo muestra la profusión de ppp y fff), algunos biógrafos aventuran que pudiera estar inspirado en aquella pasión otoñal.

César Franck (1822 - 1890)
Quien no tuvo ninguna duda fue Eugénie Desmousseaux, mujer de Franck, que a esa altura le había dado cuatro hijos (sobrevivían dos). Eugénie declaró a los cuatro vientos que la pieza no era de su agrado. ¿Pero por qué hacerlo público? Quizá notó un comportamiento inusual en su esposo, un estado del ánimo que ella podía fácilmente identificar... Eugénie también había sido su alumna. De ahí a la desafección por la pieza había un solo paso.

En cualquier caso, la obra marcó el regreso de César Franck a la música de cámara después de más de 35 años. Y lo hizo con una obra maestra, que desde su estreno en París en enero de 1880 consiguió el aplauso de público y crítica, con la notable excepción de su intérprete al piano para la ocasión, Claude Debussy, de tan sólo 18 años, quien no obstante ser además el jovencísimo dedicatario de la obra, abandonó el escenario molesto por las incesantes modulaciones que el lenguaje de Franck demandaba. Se sumaba, así, el futuro maestro francés, al desafecto de Eugénie, con tanta o menor justicia.

Movimientos:
00       Molto moderato quasi lento
15:00  Lento, con molto sentimento
26:35  Allegro non troppo, ma con fuoco

La versión es de la agrupación francesa Quatour Ébéne, conducida desde el piano por el francés Eric Le Sage.


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viernes, 1 de abril de 2016

Friedrich Kuhlau: Sonatina Opus 20 No 1



A raíz de un resbalón en las calles tapizadas de hielo de Lüneburg, al norte de Alemania, el futuro compositor y pedagogo alemán Friedrich Kuhlau se quedó ciego de un ojo cuando apenas tenía siete años. Poco tiempo llevaba allí la familia, que cada tanto se veía forzada a reinstalarse en un nuevo lugar de residencia debido a que el padre, músico de banda militar, debía seguir a su guarnición cuando ésta era relocalizada.

Friedrich Kuhlau (1786 - 1832)
Nacido en 1786 en Uelzen, cerca de Hannover, terminó su enseñanza escolar en Brunswick, a los catorce años. Pero fue en Hamburgo donde comenzó a seguir estudios de piano y composición. Allí compuso sus primeras obras: algunas canciones y música de cámara.
Y pese a su temprana invalidez, para 1804 se había convertido en un notable intérprete del piano. Seis años más tarde, se ganará la vida ofreciendo recitales, en Copenhague, adonde se había trasladado huyendo de las tropas napoleónicas, que asolaron parte del norte de Alemania por esos años. Allí vivirá hasta su muerte, temprana, en 1832.

Siete años antes, en 1825, había tenido la oportunidad de conocer a Beethoven en Viena. Gran admirador del maestro, después de trabar amistad con él se entregó a la tarea de dar a conocer buena parte de su obra en los círculos musicales de Copenhague. Muy agradecido habrá quedado el maestro, es de suponer, antes que nada porque ya estaba viejo y le quedaban solo dos años de vida.

Kuhlau fue un compositor prolífico, principalmente de óperas, música de cámara y obras para flauta (estas últimas exigidas por la contingencia económica --en cada casa habría una flauta, presumimos) pero hoy se lo recuerda mayormente por su obra para piano, de gran valor pedagógico, y que incluye un concierto para el instrumento. Son sus sonatinas lo más grabado, y lo que con mayor acierto podemos escuchar en encores. No muy exigentes, constituyen un excelente terreno para preparar el desafío mayor de las grandes sonatas, las del maestro a quien admiraba, por ejemplo.

En versión del pianista japonés Mitsuro Nagai, se presenta aquí la Sonatina No 1 del opus 20, en Do mayor. Sus ocho minutos de duración contemplan tres secciones: Allegro - Andante - Rondó (allegro).


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