viernes, 18 de noviembre de 2016

Chopin: Balada No 3


Aunque Chopin nunca confirmó la fuente de la que tomó inspiración para sus cuatro baladas, es costumbre afirmar que obedecen a la admiración que tenía por la obra de su amigo y poeta polaco Adam Mickiewicz, exiliado como él en el París de los años treinta. Un entusiasta sostenedor de esta conjetura fue Robert Schumann (dedicatario de la Balada No 2, sin gran arrebato por parte de Chopin, hay que decirlo).
Schumann encontró en Mickiewicz poemas inspiradores para cada una de las baladas. Para la No 3, sostuvo que se inspiraba en el poema Ondina, que cuenta la historia trágica de un duende de agua, una ondina, que se enamora de un mortal.


Lo cierto es que Chopin jamás tuvo interés alguno en música que contuviera personajes o que contara historias. Pero tampoco rechazó estas sugerencias abiertamente. Simplemente las ignoró, por impertinentes, quizá. (Respecto del personaje mágico, reaparecerá en una de las más celebradas composiciones de Ravel, en el próximo siglo, como protagonista del primer movimiento de su suite para piano solo Gaspard de la Nuit, de 1908).

Balada No 3 en La bemol mayor, opus 47
La tercera balada fue compuesta durante los años 1840-41. Chopin ya llevaba casi diez años en París. Los primeros tiempos no habían sido fáciles. Pero todo cambió luego de conocer a la muy acomodada familia Rothschild, de origen judío, a través de quienes Chopin accedió a los círculos nobles y aristocráticos de París. Las damas le pidieron lecciones. La baronesa de Rothschild se inscribió la primera. También la señorita Pauline de Noailles, hija de un príncipe. A ella está dedicada la Balada No 3.

Menos turbulenta que las dos baladas anteriores, la tercera balada se inicia con una larga introducción que semeja, según los estudiosos, una conversación, un diálogo entre dos amantes. Recién en el minuto 02:11 aparecerá el primer tema, encantador y elegante. La pieza, de siete minutos de duración, concluye con una versión abreviada del segundo tema (03:58), de trazos virtuosos pero no triunfales, pues el encaprichamiento de la ondina, siguiendo a Schumann, ha resultado más amargo que dichoso.

La versión, excelente, es del maestro polaco Krystian Zimerman.


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2 comentarios :

  1. Zimmerman es mucho Zimmerman.. Magnifica interpretación. Enhorabuena por el blog. Me lo apunto.

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  2. Hola, Tarquin: Así es. Y muchas gracias. Un saludo.

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