sábado, 11 de enero de 2014

Verdi, La Traviata: Dueto "Parigi o cara"



Con el debido respeto, me aventuro a parafrasear a Shakespeare para señalar que "nunca hubo historia de mayor dolor que ésta, la de Violeta y su Alfredo".
¿Cómo fue que sucedió todo aquello? El mismísimo Alfredo Germont relata aquí para este modesto blog cómo fue que se desencadenó la tragedia:

"Pese a su palidez, Violeta Valéry, mi Violeta, era una mujer deslumbrante como un soleado día de verano. Más detalles no puedo dar porque solo la había visto de lejos, en compañía de mi gran amigo Gastón, de quien era, debo admitirlo, su amante. Ignorante de mi amor secreto por ella, el bueno de Gastón me invitó un día a que lo acompañara al salón de Violeta donde, como de costumbre, mi amada a la distancia daba una fiesta a la que asistiría el tout Paris.

Una vez allí, fuimos presentados, y en menos de un minuto caí rendido a sus pies. Como sabía que recién se recuperaba de una fastidiosa enfermedad, le expresé mis augurios de buena salud sempiterna. A continuación pensé en declararle mi amor, y cuando estaba en medio de ello, Gastón y los amigos de Violeta me llamaron para que hiciera un brindis por Violeta y por la vida. Timorato al principio, logré finalmente entusiasmar a toda la audiencia, que terminó cantando conmigo y con Violeta en un brillante coro.

Poco antes de que pasáramos al comedor, y viendo que Violeta se retrasaba un poco –tal vez a propósito– me encontré por primera vez solo con ella y allí mismo le declaré mi amor eterno. Violeta no parecía muy segura de la seriedad de mis intenciones pero más tarde, al despedirnos, me regaló una flor, diciéndome al oído que regresara "cuando la flor se hubiera marchitado". Regresé a mi casa henchido de gozo.

No quiero fastidiarlos con detalles sobre la ulterior concreción de nuestro compromiso. Lo cierto es que, tres meses después, nos encontrábamos viviendo encantados de la vida en la casa de campo que Violeta tenía en las afueras de París pues, he de decirlo, pese a ser hijo de nobles, yo no tenía casa de campo, ni en las afueras de París ni en ningún otro lado. 

Y aquí es donde entra mi padre Giorgio y comienza la tragedia. Atento vigilante del honor de la familia, Giorgio Germont veía con muy malos ojos que yo me hubiese "encamado", decía él, con una "cortesana"… Que se aproximaba el matrimonio de mi hermana con un noble nobilísimo y que no le convenía a nadie que mi futuro cuñado se enterara de que yo vivía en pecado con la tal cortesana, mi amor. Así que no halló nada mejor que acercarse a la casa de campo mientras yo retozaba por prados y jardines, y convencer a Violeta de que debía abandonarme. Claro, eso lo supe después. Lo que yo encontré a mi regreso fue una carta en la que Violeta me confesaba que había entrado en la etapa del desamor. Junto a ella, descansaba una invitación de Flora, amiga del alma de Violeta, a una velada en París. No cabía duda, pensé equivocadamente, mi ex amigo Gastón tenía que estar detrás de todo esto.

Dolido como solo puede estarlo quien ha sido víctima de una traición infame por parte del ser amado, abandoné la casona y me dirigí a París. El día señalado, me acerqué a casa de Flora, para enfrentar a Violeta, cara a cara. Le reclamé su felonía, tal vez sin elegancia, porque la concurrencia completa se puso en mi contra. Incluso mi padre me regañó, que apareció allí, de sorpresa, a buscarme (ahora sé por qué). Irritadísimos, Flora y sus convidados me sugirieron que abandonara el salón. Eso hice, no sin antes enrostrarle a Violeta unas cuantas verdades… ¿verdades? Ay, cuán equivocado erraba por la vida. Violeta, mi Violeta, incluso confesó que andaba de amante con Gastón, mintiéndome a mí y a sí misma. Cuánto dolor.

Y todo por hacer caso a mi padre.

A Violeta ya la consumía la tuberculosis cuando mi padre me confesó todo: el sacrificio que ella había hecho por él, por mi hermana y por el honor de una familia que no conocía. Violeta me amaba y me había amado siempre. Y ahora, desamparada y enferma, solo esperaba la muerte. Corrí a verla, rogando a Dios y a todos los santos que no fuera demasiado tarde: necesitaba su perdón más que el aire que respiraba.

El Señor, infinitamente bondadoso, nos concedió un respiro. Según el doctor, a Violeta le quedaban pocas horas. Pero yo la sentí revivir con mi llegada. Incluso hicimos planes, abandonaríamos París, viajaríamos. Pero ya no le quedaban fuerzas. Me anunció su muerte con unas palabras terribles: no me salvaste, dijo."


Dúo del tercer acto, "Parigi, o cara" 
Alfredo: Rolando Villazón / Violeta: Renée Fleming

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4 comentarios :

  1. Nuestra canción, Daguito.... preciosa!!

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  2. Esta cosa está medio rara. No me permite, hace días, responder al comentario y debo hacer uno nuevo. Pues, sí, nuestra canción, la que hemos cantado por Providencia ante el asombro de las personas sencillas.
    Besis y gracias por dejar aquí una palabrita.

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