miércoles, 31 de julio de 2013

Beethoven, Pérez Prado y Miyagawa



Ciento cuarenta años después del estreno de la Quinta Sinfonía de Beethoven, tocó a la puerta de la casa del pianista y compositor cubano Pérez Prado, no el destino sino la musa que le inspiró la composición de su mambo N° 5.
En 1948, el arreglista cubano de treinta y dos años estaba en la cima de su fama y ya llevaba compuestos tal número de mambos y danzones que, cansado de inventarles títulos (Patricia, por ejemplo), había decidido, cuatro mambos atrás, simplemente numerarlos de ahí en adelante. Por eso, el disco de 78 revoluciones que salió a la venta al año siguiente, llevaba en una cara una pieza titulada con su última ocurrencia, Qué rico el mambo, y en la otra –con igual número que la Quinta– el popular mambo N° 5.

Dámaso Pérez Prado (1916 - 1989)
Los cubanos y el mundo bailaron durante veinte años al ritmo de ese mambo y otros, lo mismo con número de opus como sin él, hasta que el entusiasmo por el mambo comenzó a decaer para dar paso a otros ritmos, como por ejemplo la salsa, a fines de los setenta. Justamente por esos años, al otro lado del globo daba sus primeros pasos el futuro director y pianista japonés Akira Miyagawa, también arreglista, quien con el ánimo de difundir la música clásica comenzó a urdir arreglos impresionantes de piezas clásicas, haciéndolas amigables para quienes no muestran una disposición natural hacia "la música seria".

Akira Miyagawa (1961 - )
Recientemente, junto a una orquesta de jovencísimos músicos, Akira  decidió pedir prestados a Beethoven y Pérez Prado, algunos compases de su respectiva obra cumbre para "componer" un híbrido sorprendente.

El resultado de este singular propósito se muestra en un video en el que Akira nos invita a transitar sin pausa desde el ominoso motivo inicial de cuatro notas del allegro de la Quinta Sinfonía del maestro de Bonn ("el destino que golpea a tu puerta") a la alegría y goce de la vida que supone la música caribeña, más precisamente, cubana, del cien veces citado –en el cine y la TV– mambo N° 5.

No sé cómo habría reaccionado Beethoven. Quiero creer que hubiese sonreído, pese a lo gruñón y malhumorado que andaba en sus últimos años.


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martes, 23 de julio de 2013

Claude Debussy: Arabesque No 1


Marie-Blanche Vasnier (1848 - 1923)
Después de ganar finalmente el Prix de Rome en 1884, el joven Claude Debussy, de veintidós años, se trasladó a Roma, donde debía permanecer tres años estudiando y escribiendo música, en la comodidad de la Villa Médicis y su generoso entorno. Pero al año siguiente estaba de vuelta en París, debido a su salud delicada, por un lado, y a la nostalgia que le ocasionaba residir tan distante del ser amado, por el otro.

Madame Vasnier
Algunos años antes, había conocido en París a la bella soprano de luminosos ojos verdes Marie-Blanche Vasnier, quien lo había seducido con su voz de ruiseñor, su hermosura, elegancia y vasto conocimiento del mundo. La encantadora mujer tenía 30 años, era madre de dos pequeños hijos y llevaba trece años casada con un experto en materias legales, once años mayor que ella. El matrimonio acostumbraba recibir a artistas y músicos en su casa de Ville d'Avray, adonde llegó en más de una oportunidad el joven Claude-Achille para tocar el piano y acompañar a madame Vasnier en sus florituras. De ahí a caer rendido a sus pies había solo un paso.

Desafortunadamente para él, a Marie-Blanche jamás se le pasó por la cabeza la idea de abandonar a su experto legal. De modo que la rauda visita que el músico hizo a París en 1885 con la velada intención de ser recibido nuevamente ese verano en casa de los Vasnier, no tuvo los resultados que Claude-Achille esperaba.

(No era la primera vez que el músico se enamoraba de manera impropia. Ya le había sucedido antes con una hija de Nadezhda von Meck, la mecenas y protectora de Tchaikovski. En la oportunidad –tenía veinte años– fue un poco más lejos y con audacia insospechada pidió a la señora von Meck la mano de su hija Sonia, su alumna estacional, quien en comunión con sus hermanos tomaba clases de piano con el joven maestro desde hacía tres veranos. Ese fue el último, naturalmente.)



Arabesque No 1
Hasta 1884, Debussy escribió más de veinte canciones para madame Vasnier. Luego las relaciones se debilitaron y el maestro compuso cada vez menos música para canto y piano, enfocando su vigor creativo en las composiciones para piano solo, que culminarán en 1890 con el novedoso lenguaje pianístico que muestra la Suite Bergamasque (de la que forma parte el célebre Claro de Luna). Es también alrededor de esa fecha que compuso los encantadores Deux Arabesques, de los que se presenta aquí el primero de ellos, en versión del pianista amateur, según él, Ricker Choi, nacido en Hong Kong y graduado en Canadá de analista de finanzas.

La pieza, estructurada en dos secciones, comienza en la tonalidad de Mi mayor haciendo uso de técnicas compositivas propias de lo que más tarde se llamará "impresionismo musical". La sección B, algo más calma y reflexiva, se asienta en la tonalidad subdominante (La mayor), comenzando en el minuto 1:31.
Recapitulación de la primera sección: 3:01.

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domingo, 14 de julio de 2013

Schubert / Dorfman: La muerte y la doncella



Más de siglo y medio después de la muerte de Franz Schubert, el escritor y dramaturgo chileno Ariel Dorfmann escribió en 1991 una obra de teatro sobre la tortura y los abusos de la dictadura en Chile, que tituló La muerte y la doncella. La obra cuenta la historia de Paulina, una mujer torturada por un médico que casualmente está en su propia casa de visita, a quien reconoce, secuestra y logra poner en la situación del torturado. La música de fondo es el segundo movimiento del cuarteto de Schubert del mismo nombre, pieza que el médico hacía escuchar a sus víctimas durante las sesiones de tortura. Con el doctor ahora como víctima, la obra de Dorfman revive el trauma pero no para curarlo sino para rememorarlo pues la redención no es posible.

La obra recibió un reconocimiento internacional inmediato. El 17 de marzo de 1992 tuvo su estreno en EEUU en el Brooks Atkinson Theatre de Nueva York, dirigida por Mike Nichols, y con Glenn Close, Richard Dreyfuss y Gene Hackman en los papeles protagonistas.
En 1994, la obra fue trasladada al cine con la dirección de Roman Polanski y los actores Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson. Una escena capital de esa película es la que encabeza este artículo.

Cuarteto La muerte y la doncella
La primera vez que el pequeño Franz Schubert envió al poeta Goethe los lieder inspirados en sus poemas, fue en 1816, a través de un amigo. Como sabemos, Goethe se hizo el sordo y no acusó recibo de la obra del joven músico de diecinueve años. Tiempo después, Franz hará otro intento para obtener el reconocimiento del poeta, esta vez por iniciativa propia aunque con similares resultados: el poeta alemán no se dio por aludido.



Quizá molesto luego del primer ninguneo, el pequeño Franz optó por otro poeta para componer en 1817 acaso su lied más celebrado, precisamente el que lleva por título La muerte y la doncella. El poeta elegido fue Matthias Claudius, autor de versos de tono simple y popular, y el poema, uno cuyo tema central aborda las cavilaciones de una joven moribunda ante la inminencia de su propio fin. Tal fue el éxito de la composición, que Schubert decidió usar el tema con ligeras modificaciones para construir el 2o movimiento del cuarteto para cuerdas N° 14 en re menor, compuesto en 1824-26, y que tomó su nombre del lied original. Como la mayor parte de la obra de Schubert, el cuarteto La muerte y la doncella se estrenará póstumamente, en 1832, cuatro años después de la muerte del autor a los 31 años.

En versión de la agrupación española Cuarteto Stradivari, escuchamos el segundo de los cuatro movimientos del cuarteto –el que hacía las delicias del torturador–, tomado de una presentación en Tokio, en diciembre de 2012.

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domingo, 7 de julio de 2013

Vivaldi: Las Cuatro Estaciones - Primavera



No obstante ser el autor barroco más popular en nuestros días, la mayor parte de las composiciones del cura rojo Antonio Vivaldi permanecieron ignoradas hasta el primer cuarto de siglo del pasado siglo veinte. No fue sino hasta los años 1927-1930 que se efectuó una laboriosa recopilación de manuscritos autógrafos del maestro veneciano. Fruto de esta búsqueda se reconocieron 300 conciertos más nueve óperas y un bello oratorio.

Unos años más tarde, el musicólogo francés Marc Pincherle –que había consagrado en 1913 su tesis de doctorado a la vida y obra de Vivaldi– afirmó en 1948 que el número de conciertos para instrumento solista y orquesta de cuerdas compuestos por el prete rosso era de 461. Pero le salió al camino otro estudioso de apellido Gallois que solo aceptó como auténticos 446. A la misma conclusión llegó un señor Negri algo más tarde. Finalmente, en 1955, Pincherle volvió a la carga al proponer como definitivo el número de 454, que es el generalmente aceptado hoy. Y si se trata de inquirir sobre la integridad de la obra, el catálogo RV (Ryom Verseichnis - Catálogo Ryom), elaborado por el musicólogo danés Peter Ryom y publicado en 1973, cifra la cantidad total de obras compuestas por Vivaldi en más de 750 piezas.

Antonio Vivaldi (1678 - 1741)
Lo curioso es que de esta asombrosa cifra sólo una pequeña parte de los conciertos fueron publicados en vida de Vivaldi, bajo su gestión y agrupados en distintos opus. Una de las obras que sus contemporáneos músicos pudieron saborear a su antojo son los doce conciertos para violín, cuerdas y bajo continuo agrupados bajo el opus 8 y titulados en conjunto Il Cimento dell'Armonia e dell'Invenzione, que en traducción libre viene a ser algo así como "La confrontación entre la armonía y la invención".

Escritos entre 1723 y 1725, y publicados este último año por un editor de Amsterdam, Vivaldi recurrirá en esta obra por primera vez a la imitación de la naturaleza –una de las tendencias básicas de la cultura iluminista–, al menos en siete de los doce conciertos, pero sobre todo, en los muy célebres cuatro primeros, conocidos como Las Cuatro Estaciones. Consciente de la difusión a que estaban destinados, il prete rosso no perdió oportunidad de hacerlos interpretar a lo largo de su vida. Solo tres años después de su publicación, obtuvieron un éxito deslumbrante en los afamados Concerts Spirituels de París, inaugurados recién en 1725, y no pasó mucho tiempo antes de que se convirtieran en un verdadero bestseller de la música instrumental del siglo XVIII, reconocimiento que, sorprendentemente, continúa hasta hoy. En opinión de más de un musicólogo, si alguna vez la obra de Vivaldi cayera en el olvido, habrá un título que resistirá el embate del tiempo: Las Cuatro Estaciones.

En excelente versión de la encantadora violinista alemana Julia Fischer acompañada por el grupo de cámara Academy of Saint Martin in the Fields, se presenta aquí el concierto N° 1 en mi mayor RV 269, La Primavera, en un hermoso video grabado en el Jardín Botánico Nacional de Gales. Los movimientos son:
- Allegro
- Largo e pianissimo sempre (3:25)
- Allegro pastorale (6:00)



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jueves, 4 de julio de 2013

Beethoven: concierto para piano N° 3


Con la considerable producción de 27 conciertos para piano, Mozart contribuyó, indudablemente, a que el concierto para piano y orquesta del siglo venidero –el diecinueve se convirtiera en una forma muy extendida en la práctica musical vienesa, y por ello parece extraño que los compositores establecidos en la capital austríaca que le siguieron disminuyeran grandemente la producción de conciertos, como Beethoven o, en el otro extremo, la omitieran por completo, como fue el caso de Schubert que, claro está, sólo vivió 31 años.

Pero no por ello debe pensarse que la forma musical conocida como concierto para instrumento solista y orquesta haya perdido prestigio, o se considerara superada. Más bien al contrario, la escasa producción anotada es consecuencia de una mayor dedicación y concentración de los autores en la creación de piezas concertísticas, las que por lo mismo fueron adquiriendo el carácter de obra extensa, de gran envergadura, a la que los compositores dedicarán su atención con especial intensidad.

La figura del "intérprete"
Los cambios que experimentará el concierto en el siglo XIX obedecen a la naciente valoración de "lo artístico", al descubrimiento del individuo de la mano del romanticismo, y con ello el surgimiento de la figura del "intérprete", quienes toman conciencia de sí como seres excepcionales, capaces de realizar proezas técnicas que asombran a una audiencia atónita ante la perfección de ejecuciones cada vez más difíciles, inalcanzables para el resto de los mortales. Lo que supone, de pasada, el fin del autor-intérprete, tan a la mano en el siglo anterior. Este proceso, gradual como todos los procesos, tuvo su inicio en los primeros años del siglo y su primer impulsor fue, sin lugar a dudas, Ludwig van Beethoven.


La producción concertística de Beethoven, comparada con –para comenzar las nueve sinfonías, o los dieciséis cuartetos para cuerda o las 32 sonatas para piano, es bastante reducida: cinco conciertos para piano y orquesta más uno de juventud compuesto a los 14 años y que no se interpreta nunca, un concierto para violín, y un triple concierto para violín, cello y piano.

De los cinco conciertos para piano, los dos primeros (donde el que lleva el número dos es cronológicamente el primero) son de transición entre un mundo que va quedando atrás y el nuevo que llega de la mano de la revolución francesa. Claramente no responden al estilo mozartiano, revelando una actitud más ambiciosa que cualquiera de los de Mozart, si bien son todavía reducidos en su concepción.

Concierto N° 3 en do menor
El verdadero cambio de estilo llegará con el concierto N° 3 en do menor, opus 37, terminado en 1800, estrenado en abril de 1803 y publicado en 1804. La música ha dejado de ser fresca y ligera para adquirir rasgos épicos y turbulentos, mostrando el sello de una segunda etapa en la vida del maestro, pues la sordera ha comenzado definitivamente. En el otoño de 1802 Ludwig confesará su dolor en el testamento de Heiligenstadt (que solo se conocerá después de su muerte, veinticinco años más tarde), donde se lamenta amargamente de que le haya tocado precisamente a él, un músico, perder el sentido de la audición.
El concierto N° 3 es el único escrito en modo menor y refleja una clara evolución en su literatura pianística. No por nada, a esta altura Beethoven ha compuesto dieciocho de sus 32 sonatas para piano.

Movimientos
El concierto está estructurado a la manera clásica (lento - rápido - lento) y sus tres movimientos son:
Allegro con brío. En forma sonata, con dos temas principales (un segundo tema, lírico, es presentado en: 5:16).
Largo (17:01). Un tema reposado, propicio para la meditación.
Rondó - allegro (28:40). Gracioso y alegre, perfecto para el cierre de la obra.

La versión que escuchamos es de Krystian Zimerman, acompañado por la Filarmónica de Viena dirigida por Leonard Bernstein.

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