jueves, 22 de noviembre de 2012

Maurice Ravel: la apoteosis del vals



El compositor francés Maurice Ravel no era muy alto. Medía apenas un metro sesenta. Por eso, cuando estalló la Primera Guerra Mundial pensó que podría hacer su aporte en defensa de la patria desde la incipiente rama de la aviación porque su baja estatura implicaba a su vez, poco peso. Sin embargo, todos sus intentos por ser enrolado como aviador fueron en vano, y finalmente fue enviado al frente de Verdún en calidad de chofer de ambulancias.

Durante la guerra, seis de sus amigos cayeron en combate. Su madre también murió, en 1917. Al final de la contienda, Ravel se encontraba destrozado, un insistente desánimo lo asediaba y el comienzo de una sequía creadora parecía querer imponerse.

Maurice Ravel (1875 - 1937)
Pero en 1919, el crítico musical ruso y empresario del ballet, Sergei Diaghilev, lo trajo de regreso a la labor creadora al comisionarle la escritura de un ballet para ser llevado a escena por la escuela de bailarines y coreógrafos creada por el ruso hacía diez años, la compañía Ballets Rusos.

El proyecto atrajo a Maurice. Desde 1906 rondaba en su cabeza la idea de una pieza orquestada que homenajeara a la forma "vals" y, de pasada, a Johann Strauss hijo, el máximo exponente de esa danza en el siglo recién pasado, y a quien Ravel tenía en alta estima. Incluso la idea ya tenía título, Viena, de modo que a Maurice le bastó replantearse el concepto, trabajando el material de que disponía de una manera nueva. El resultado fue el poema coreográfico La Valse, de 13 minutos de duración, y que fue presentado a Diaghilev en 1920. El ruso no quedó conforme y lo rechazó, comentando luego entre sus conocidos que aquello no era ballet sino la pintura de un ballet.

A Ravel, que a esa altura era toda una celebridad en Europa, no le hizo ninguna gracia el comentario, y las relaciones entre ambos artistas se rompieron para siempre. La Valse, pues, tuvo que presentarse como pieza de concierto, con estreno en diciembre de 1920. Recién seis años después hizo su estreno coreográfico, en Amberes, en octubre de 1926. Ravel hizo una versión para dos pianos algunos años más tarde, pero es la versión como pieza de concierto la que actualmente se presenta con mayor frecuencia en los escenarios del mundo. Es la que ahora escuchamos, en versión de la Orquesta Filarmónica de la Radio Francia, dirigida por el director y pianista sudcoreano Myung-Whun Chung.


Aunque tienen una presencia innegable, no es sencillo descubrir en esta pieza de la primera mitad del siglo XX, momentos que logren hacernos evocar los valses de Strauss y los salones de 1850. Asimismo, no se recomienda su audición para conciliar el sueño.

Su génesis recién terminada la guerra, ha suscitado las más diversas y apocalípticas impresiones entre los estudiosos. Que la pieza respira un olor de fin de civilización, un olor de muerte. O que su diseño en un movimiento grafica el nacimiento, la caída y la destrucción de una forma musical: el vals.

Colmada de ímpetu, majestuosidad, compulsión, frenesí, caos, y en medio de todo ello, algo de melancolía también, la pieza es efectivamente un vals... pero sólo hasta el penúltimo compás. Con el último, un compás binario, la obra parece alcanzar el propósito para el que parecía destinada: la dislocación total.
Para su autor, sin embargo, todo es más sencillo. Sólo debiera verse en ella –dijo– lo que la música expresa: una progresión ascendente de sonoridad, a la que el escenario añade luz y movimiento.

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